domingo, 17 de agosto de 2014

El inicio

Yo tenía 18 años y mi hermana mediaba sus 16 cuando nuestros padres nos comunicaron que el primer fin de semana de diciembre se irían solos a la costa a buscar un departamento para alquilar en el verano. Varias fueron las recomendaciones para nuestra primera experiencia en soledad con mi hermana, pero por sobre todo, nos pidieron que no saliéramos y nos quedásemos en casa. Orden que cumplimos muy a pesar nuestro.

Cenamos, miramos una peli de terror que daban en la tele y nos fuimos cada uno a su habitación.
Yo estaba escuchando música en los walkman, cuando la puerta de mi cuarto se abrió lentamente y la figura de mi hermana abrazada a su almohada entró al dormitorio y se quedó parada en el medio de la habitación.

-¿Qué pasa?- pregunté sabiendo la respuesta.
-Tengo miedo- contestó confirmando mi sospecha. – ¿Me puedo quedar acá, con vos? Dale, porfa. Me traigo el colchón y lo tiro al lado de tu cama, ¿si?- dijo con su mejor cara de ángel.

Recordé a mi madre sermoneándome para que cuide de mi hermanita durante su ausencia y accedí a su pedido sin decir una palabra. Ella trajo su colchón y se sentó sobre él con sus piernas cruzadas. Llevaba una camiseta que alguna vez fue color amarilla y unos pantalones muy cortitos de pijama.
-¿Tenés alguna peli interesante para ver en video?- preguntó con una sonrisa- No de miedo, por favor.

Le señalé con la cabeza el último cajón de la cómoda mientras me ajustaba los auriculares para retomar la canción que estaba escuchando. La vi gatear hasta el mueble y abrir el cajón.  Yo volví a mi mundo musical desentendiéndome de ella. Terminó la canción y mi hermana estaba sentada de espaldas a mí, con el cajón abierto, como leyendo algo. Inmediatamente recordé que hacía poco había mudado mi “caja secreta”, donde guardaba algunas revistas y videos porno, a ese mismo cajón.
-¿Pasa algo?- pregunté simulando fastidio como para no alertarla.

Se dio vuelta y me mostró aquello que yo ocultaba. Unas revistas y videos porno que guardaba con celoso cuidado. Luego volvió a meter la mano en el cajón y sacó un VHS que en la solapa decía “XXX”.
-¿Vos mirás esto?- me interrogó.

-¿Qué te importa, pendeja?- contesté enfadado pero vergonzoso –Dejá esas cosas ahí.  ¿Qué tenés que revisar?- la increpé
-¡Ay! Bueno, nene…  ¿Mamá sabe que tenés esto escondido?- dijo con tono entre sorna y amenaza. Inmediatamente estiró su brazo  que en su mano sostenía el video. –Quiero verlo.– ordenó con voz firme y convencida.

Luego de algunos breves intentos de convencerla de que no los viera, accedí a su pedido con la promesa de que todo aquello quedaría reservado a nosotros dos y que no habría nunca una amenaza de contarlo a nuestros padres.
Puse el video editado especialmente con una selección de mejores escenas de cine porno. Como un gran compilado de dos horas de mamadas, folladas, orgías, lesbianas y acabadas por doquier. Mi hermanita se quedó sentada en mi cama viendo con mucha atención lo que pasaba en la pantalla. Yo volví a mi música pero mi vista se repartía entre los gestos que hacía mi hermanita y la pantalla de la tele. De a poco me fui relajando y acostumbrando a la situación. Cuando me quise acordar ya tenía una erección bastante importante en mis pantalones. Fue en ese mismo instante que ella se dio vuelta para hablarme y no pudo evitar notar la prominencia en mis pantalones. Se quedó mirándome unos segundos con su boca entreabierta, guardando las palabras que iba a pronunciar. Yo traté de disimular mi estado, pero ya era tarde.

-¿Qué te pasa?- le pregunté tratando de aparentar molestia por su mirada. Ella me contestó con una sonrisa pícara y sus ojos brillantes y no pude evitar sonrojarme.
-¿Vos te masturbás mirando esto?- me interrogó con sincera inquietud y sin el ánimo habitual de fastidiarme. Yo no tenía respuestas, me había sorprendido, me había descubierto. No podía reaccionar y esa pregunta fue un golpe de knock out. -¡Ja! ¡Sí, sí! Acerté. Te masturbás viendo ésta peli. Te re-descubrí, nene. ¿Me mostrás cómo hacés?- concluyó ante mi mirada de estupor, totalmente avergonzado por haber quedado tan expuesto.

Yo no caía en lo que estaba pasando. Ella se dio vuelta y se quedó sentada mirándome. Yo ya no intentaba cubrirme y mi erección no cedía. Mi hermana me apuró con la mirada para que le mostrara como me pajeaba. Y en un instante de insensatez reaccioné con una propuesta que nunca antes se me había cruzado por la cabeza.
-Bueno, yo te muestro, pero vos tenés que colaborar sacándote algo de ropa. Mostrame vos también algo, che- la desafié a ver si así, quizás, desistía de su pedido.

-Bueno- contestó sin que se le moviera un pelo. Se puso de pié y de espaldas a mi, observándome por sobre su hombro, se fue agachando mientras se bajaba el pequeño pantalón. Su bombacha comenzó a asomar y ella, disimuladamente se la acomodó para que se le metiera en el orto. Cuando el pantalón terminó de caer, su bello y firme culo quedó expuesto con la bombachita metida bien en la raya. Mi verga dio un salto en mis pantalones avisándome que ahora me tocaba a mí. Me paré en la cama y me saqué el pantalón y calzoncillo todo junto dejándole a mi hermanita el novedoso paisaje de mi pija dura ante sus ojos. Inmediatamente me saqué la remera y quedé completamente desnudo.
Podía sentir los ojos de mi hermana observando mi verga rígida. Me acomodé sobre el colchón y tomé mi pija con mi mano derecha. Primero estiré la piel hacia abajo para descubrir mi glande bajo la curiosa mirada de mi hermanita. Hice el movimiento despacio algunas veces y luego a mayor velocidad. Ella observaba como me pajeaba mientras  yo la miraba como uno de sus hombros había dejado caer el bretel de la camiseta permitiéndome ver sus tetas redondas, enormes y blancas. Ella estaba agachada con sus manos y rodillas apoyados en la cama para observarme y la remera colgaba en su escote y la imagen sus tetas me excitaba muchísimo. Fueron unos pocos minutos y solté mi miembro, la situación me excitaba demasiado y sentía el orgasmo bastante cerca. Ella reprochó mi decisión con un gesto de enfado y sorpresa.

-¿Eso es todo?- preguntó decepcionada. -¿No pasa nada mas?- ella sabía que allí no terminaba la cosa pero simulaba con sensual inocencia.
-Bueno… - intenté responder y pensar en cualquier cosa para bajar mi calentura –Si seguía un poco más iba a acabar.

-¿Y? ¡Dale!- dijo con tono imperativo – Terminá. Llegá hasta el final. Yo quiero ver todo.
-Bueno, pero no quería acabar antes de que vos pruebes como es– trataba de escapar a la situación, pero cada vez me enterraba más. -¿Querés probar vos? – y, sin medir ninguna consecuencia, la invité a que fuera ella quien me masturbara.

Muy despacio la tomé de la muñeca y llevé su mano hacia mi verga, inmediatamente sentí un escalofrío recorriendo mi espalda apenas sus dedos rozaron mi miembro. Ella me sonrió temerosa y su mano fue abrazando suavemente mi pija caliente. Todos los pensamientos que quería disipar se hicieron más fuertes y decidí entregarme por completo. Mi hermanita comenzó a repetir los movimientos que yo le había enseñado, primero con delicadeza y luego con mayor intensidad. Yo la miraba extasiado e incrédulo de lo que pasaba. O bien yo estaba muy caliente o ella me masturbaba con maestría. Sus manos suaves recorrían toda mi verga que se hinchaba más y más con cada vaivén de su puño. Ella no apartaba la vista de mi glande, ya descubierto del todo, éste iba poniéndose cada vez mas morado por la hinchazón de mi miembro. El orgasmo volvió a aparecer allá a lo lejos, sabía que tenía unos segundos para poder interrumpir todo antes de la explosión. Tomé nuevamente su muñeca y frené su brazo que se sacudía mi pija con enérgico entusiasmo.

-¿Y ahora qué pasa?- preguntó. –Podía sentir que tu ver… ejem… pene se estaba poniendo más duro y caliente. ¿Ya estabas por terminar, no?- hizo un breve silencio y continuó -¿O te estaba haciendo doler?– preguntó entre defraudada por la interrupción y conmocionada por el momento que estábamos viviendo.

-Todo bien…- trate de que mi voz sonara lo más neutral posible –Más que bien, diría yo. Pero no quería que terminara todo tan rápido. Todavía hay algo que quisiera que aprendas.
Mi pequeña hermana con sus bellísimos y profundos ojos azules me miró con intriga.

-¿Te animarías a chuparla?- le dije y sentí un calor intenso recorriendo mi cuerpo y encendiendo mis mejillas. Si ya habíamos llegado hasta allí, bien podríamos ir un poco mas lejos, pensé. Ella dudó un instante que se me hizo eterno y luego asintió con la cabeza y una sonrisa volvió a dibujarse en sus labios. Aunque sus mejillas también adquirieron esa tonalidad rojiza producto de la vergüenza.
Gateó sobre el colchón para acercarse un poco más a mi. Yo la tomé con delicadeza de su cuello y la fui guiando despacio hacia mi pija que estaba rígida como roca. Ella entendió mi señal y se corrió el pelo hacia un costado para que pudiese verle la cara mientras se acercaba cada vez más a mi verga.

Sus labios se iban separando a medida que su boca se aproximaba a mi miembro. Fue entonces que sacó su lengua y el roce de ella con mi verga hizo que me estremeciera. Lentamente mi pija se fue perdiendo en la pequeña boca de mi hermana. Sólo pudo introducir la mitad y volvió a subir. Nuevamente la empujé del cuello hacia abajo y ella obedeció sin sacar mi chota de su boca. Su cabeza comenzó a subir y bajar cada vez más rápido. Podía sentir su lengua jugando con mi glande hinchado y recorriendo cada milímetro de mi carne dentro de su boca. La observaba mamándome con sus ojos cerrados y disfrutando de mi verga llenándole las fauces. La excitación volvió a invadirme con más fuerza. Tratando de evitar un final inminente, desvié la mirada de su cara para buscar alguna distracción. Giré mi cabeza hacia la derecha pero mis ojos se encontraron con su culo firme, carnoso y perfecto. Ella había arqueado su espalda y su cola asomaba deliciosa, vestida sólo con su bombachita. Estiré un poco mi mano y comencé a acariciarla. Primero por fuera y luego dentro de su bombacha. Sobre su piel blanca, inmaculada y suave, mis dedos se deslizaban despacio y con ternura. Fui bajando por su raya hasta encontrar su conchita. Estaba caliente y sus labios totalmente cerrados. Mi cabeza volaba imaginando el rosado interior del sexo de mi hermanita. Me estiré aún más y llegué con mi mano hasta su pubis y acaricié y sentí el escaso y suave vello que lo cubría. Retrocedí un poco con mis dedos y, abriendo sus labios, pude llegar con la yema hasta su clítoris. Mi  hermana acusó mi descubrimiento y un leve temblor se apoderó de ella. Sacó mi pija de su boca y se dedicó a lamerla despacio y a tratar de ver de reojo lo que sucedía en su entrepierna. Masajeé con mis dedos los pliegues de su sexo mientras que con la palma de la mano presionaba y frotaba toda su vulva. Podía sentir cómo la humedad de su interior se escurría en mi mano. Sus piernas se sacudían y la temperatura en su cuerpo subía. Su respiración se entrecortaba mientras sus mejillas se enrojecían por la excitación o, quizás, también por vergüenza.
Por primera vez la oí gemir a mi hermana, quien ya había desistido de chuparme la pija y estaba entregada a mí. Con sus ojos cerrados y mi verga apoyada en su mejilla, era ella la que ahora estaba siendo masturbada por su hermano. Intensifiqué los movimientos y las caricias, procurando no tentarme a introducir demasiado mis dedos en su interior. Sus gemidos fueron creciendo, ella movía rítmicamente sus caderas y yo deliraba de placer frotando su intimidad y llegado a lugares inexplorados de su sexo. Su clítoris hinchado y rígido era el lugar preferido para mis caricias. Los gemidos le cedieron pasos a los gritos y jadeos y podía sentir su piel de gallina. Con pequeños grititos ahogados se anunciaba la inminente proximidad del clímax. Mi pequeña hermana no pudo -ni supo -contener su orgasmo que llegó con fuerza y humedad. Una profunda exhalación se escapó entre sus labios y sus puños se cerraron arrugando las sábanas de mi cama. Tenía los ojos fuertemente cerrados y un rictus de placentero sufrimiento inundó su rostro. Una tibia humedad comenzó a apoderarse de mi mano. Su orgasmo hecho viscosidad se derramó entre mis dedos mientras yo observaba su juvenil trasero seguir meneándose suave y sensual con mis caricias.


Jamás lo hubiese imaginado: Masturbar a mi hermana, que yacía totalmente extasiada sobre mi regazo. Su grito de placer final, toda esa excitación hecha humedad desparramándose en mi mano y su incipiente sonrisa de felicidad que comenzaba a asomar en su rostro provocaron que terminara de explotar. Ella no me tocaba, sólo mi verga estaba apoyada en su cara. Sus gritos aún no se habían acallado cuando sentí mi miembro endurecerse como nunca antes, un fuego emergió de mis testículos y una explosión de placer se produjo en mi verga. La primera descarga salió con tal fuerza que impactó por completo en mi pecho. Inmediatamente mi hermana se percató de la situación y abrió sus ojos para ver lo que me sucedía. Mantuvo su cabeza en el mismo lugar, dejó que mi verga golpease  su rostro y expulsara un segundo chorro de leche que se desparramó entre su cabello y su oreja. No pudo contener una risita nerviosa al sentir mi jugo comenzando a salpicar sus mejillas. Con su mano comenzó a masajear mis huevos, le divertía y disfrutaba de la situación y quería provocarme más. Sus caricias tuvieron éxito y una nueva explosión de espeso semen cubrió buena parte de su cara y salpicó sus labios. Ella separó un poco su cabeza para poder ver bien mi verga que siguió expulsando jugo pero ya sin tanta fuerza. Las gotas de leche salían de la punta de mi pija y se escurrían por el tronco ante la atenta mirada de mi hermanita. Ella soltó mis testículos y cerró su puño en torno a mi miembro y comenzó a apretarlo con fuerza con movimientos hacia arriba y abajo para intentar sacar todo el líquido que pudiera contener. Unas últimas gotas emergieron y se derramaron sobre sus dedos. Cuando ya no quedó nada dentro y mi pija comenzaba a desinflarse, ella la soltó abriendo su mano bañada en mi leche. Me regaló una sonrisa enorme y plena de satisfacción. Yo le devolví el gesto y con una caricia fui limpiando su rostro salpicado de mi semen. Las blancas y enormes gotas se desparramaban con mayor abundancia en el lado derecho de su cara y en su barbilla.
-¡Estuvo buenísimo!- dijo emocionada. –Jamás pensé que se podía sentir algo así. Tampoco me imaginé que podíamos hacer algo así –continuó sin evitar sonrojarse por la vergüenza –Si mamá y papá se enteran nos echan de casa.

Yo no podía hablar, mi cabeza era un torbellino de culpas y placer.  Ella se levantó, tomó su remera y salió de la habitación. Yo seguí sus pasos. Ambos ingresamos al baño, al mismo baño por el que tantas otras veces habíamos peleado por ver quién entraba primero, ahora lo compartíamos. Yo me paré frente al espejo, abrí la canilla y comencé a lavar mi miembro. Ella, en cambio, abrió la ducha y luego se sentó en el inodoro. Yo la observaba mientras me limpiaba. Se sacó su bombacha y la dejó a un lado de la bañera para luego meterse bajo el chorro de agua.
-Vení a lavarte acá, salame –me invitó sonriente a meterme bajo la ducha –No seas asqueroso de lavarte ahí.

Cerré la canilla del lavabo y me metí en la ducha con ella. Estaba con su cabello completamente mojado y me sonreía todo el tiempo. Yo tomé el jabón y me limpié. Ella se dio vuelta y no pude evitar mirarle el culo empapado. Me miró de reojo y me avergoncé de que me descubriera observándola.
-¿Me lavás la espalda?- me dijo y obedecí.

Pasé jabón por su espalda mientras ella corría su pelo rubio. Fui bajando hasta llegar a su culo que lo acaricié y lavé con mayor dedicación. La oía reír.
-¿Te gusta mi cola, no?- me dijo sabiendo que su culo era algo realmente espectacular.

-Me encanta- conteste sin separar mi mano de sus redondas y firmes nalgas.
Se dio la vuelta y quedamos frente a frente. La miré a los ojos y luego me distraje con la espuma del shampoo que fue descendiendo por su cuello y luego por sus pechos, esquivando y rodeando sus pezones y llegando hasta su diminuto y alargado ombligo. Luego se detenían en el suave vello de su conchita para formar una gota de jabón y quedar prendida de sus apretados labios vaginales.

Ella tomó el champú, se frotó sus manos hasta formar abundante espuma. Dobló sus rodillas quedando en cuclillas y con sus palmas enjabonadas comenzó a lavar mi miembro. Primero el tronco y luego mis huevos. Sus dedos acariciaban con delicadeza cada poro de mi piel. No habían pasado ni diez minutos y mi pija volvió a endurecerse. Me enjuagó la verga que ya comenzaba a inflarse más y más.
-Mmmm… -suspiró levantando su mirada para mirarme a los ojos – parece que hay alguien que quiere seguir divirtiéndose.  ¿No te alcanzó con lo de recién? –preguntó con cierta sorna. Yo negué con la cabeza y ella continuó diciendo –Mirá que me bañaste de leche ¿eh?, chanchito. –nuevamente sus mejillas se encendieron y no pudo evitar soltar una risa nerviosa que intentó tapar con su hombro porque sus manos seguían acariciándome.

El agua le golpeaba en la cara y ella entrecerraba sus ojos pero me sostenía la mirada. Luego fue abriendo su boca, lentamente llevó mi pija dura y se la introdujo entera en ella. Chupó con devoción mi miembro. Por momentos no parecía una principiante. Sus mejillas se inflaban y desinflaban cada vez que se mi verga entraba y salía de su boca. Su lengua viboreaba frenética recorriendo y saboreando mi carne. Mientras me masturbaba con ambas manos, con la yema del dedo pulgar acariciaba la unión entre la piel y la cabeza de mi pija. Eso me erizaba la piel, pero los  pequeños y suaves mordiscos que me propinaba en mi glande hacían hervir mi sangre.
-¿Así te gusta?- preguntó con voz sensual –A mi me encanta hacerte esto.

-Está perfecto –le dije con un hilo de voz por la excitación –Toda una experta.
-Es la primera vez que lo hago –confesó – Estoy repitiendo lo que vi que hacían las putas esas en el video… -hizo un breve silencio y luego concluyó con una amplia sonrisa dibujada en el rostro –Ahora yo soy tu putita, jeje

Ésta vez no me quise contener. Sin quitarle los ojos de encima, me dejé llevar y me entregué a nuestros placeres. Dejé que mi hermana hiciera lo suyo, que se comportara como una verdadera puta. Mi verga se infló nuevamente a su máxima capacidad, ella lo sentía en su lengua y en su garganta que se hinchaba cada vez que se introducía toda mi pija en ella intentando tragarla entera. Estaba muy entusiasmada, pero por momentos se provocaba arcadas por intentar llegar tan profundo. Me dedicó una última sonrisa antes de quedarse con la boca completamente abierta frente a mi pija. Me siguió pajeando con vehemencia intentando llevarme al clímax más intenso. Yo no podía cerrar los ojos. La imagen de mi hermana inclinada ante mí con el agua de la ducha cayéndole en la cara, su boca generosamente ofrecida y dispuesta a recibir todo mi placer era mucho más que lo que pudiera imaginar. Su mano apretaba fuerte mi verga, pero el agua y el jabón permitían que se deslizase fácilmente sobre mi piel haciendo que aquella paja que me propinaba fuera la mejor paja que tendría en mi vida.


-Y ahora quiero saber qué gusto tiene -me dijo con admirable tranquilidad y ante mi mirada de asombro.
Intenté aguantar el orgasmo, pero ello duró unos pocos segundos. Los ojos e mi hermanita me miraban fijos mientras sus pequeñas manos recorrían una y otra vez todo mi sexo. En su rostro no podía distinguir ni el menor atisbo de culpa o angustia, por el contrario, había satisfacción y placer; mientras yo me torturaba pensando en nuestros padres. Pero aquel pensamiento tortuoso, no impidió que mi excitación siguiera su curso hacia el clímax y un temblor intenso me dobló las rodillas, apoyé mis manos con los brazos extendidos en la pared de la ducha mientras ella no dejaba de pajearme con la misma fuerza mientas seguía mirándome con esa sonrisa casi sádica, siniestra, pero extremadamente sensual. El semen comenzó a salir de mi verga en espesos borbotones incontrolables y abundantes que caían por completo dentro de la boca de mi pequeña hermana. Ella siguió frotando con entusiasmo mi pija, obligándome a descargar una y otra vez mi leche en su boca. Podía ver su lengua cubrirse más y más de mi jugo blanco y viscoso. Observaba su garganta inundarse de mi esperma sin el más mínimo gesto de repulsión. Por el contrario, ella disfrutaba de eso. Sus ojos bien abiertos se clavaban en mi, atentos a mi excitación y a mi angustia. Una vez que mi pija dejó de escupir placer, ella se puso de pie con su boca entreabierta dejándome ver con mayor claridad la enorme cantidad de líquido que había acumulado en ella. En un instante cerró sus labios, puede ver su garganta moverse y tragar todo mi jugo aún tibio, y en su rostro un gesto de orgullo.

-Estuvo genial- dijo –Pero… la verdad es que el sabor es bastante agrio- inmediatamente se dio vuelta, con su rostro hacia la lluvia de la ducha, abrió su boca e hizo un buche para enjuagarse con agua que luego escupió delicadamente procurando que no pudiera observarla en ese gesto tan poco femenino. Volvió a quedar frente a mí, me abrazó por el cuello y apoyó su cuerpo contra el mío. Podía sentir sus pezones presionando por debajo de mi pecho y mi verga chocando contra su vientre.
-Te quiero mucho, hermanito. Gracias. La pasé realmente muy bien y aprendí un montón- me dijo tiernamente y apoyó sus labios sobre los míos. Instantáneamente, como por reflejo, yo atiné a abrir la boca. De inmediato pude sentir su lengua tibia introducirse en mi boca. Por más que se había limpiado, aún podía sentirse el aroma del semen. No hice gesto ni comentario alguno al respecto, sólo dejé que me besara dulcemente con sus ojos cerrados. Nuestras lenguas se acariciaron por un rato mientras mis manos recorrían su cintura y acariciaban la perfecta redondez de su culo.

Volvimos a la habitación y nos quedamos dormidos uno al lado del otro en mi cama sin decir más nada. Ese sería nuestro gran secreto.

domingo, 8 de junio de 2014

La trampa (segunda parte)

Totalmente abatido e inmerso en mis pensamientos, perdí por completo la noción del tiempo. Al escuchar la risa de mi mujer que provenía del pasillo, intenté sobreponerme rápidamente y fingir que todo estaba superado.

Ambos ingresaron a la sala, pero recién pude verlos cuando se encontraron a mi lado. Me sorprendió ver a mi mujer completamente desnuda y Diego vestido aún con mi remera. A los dos se los notaba felices y relajados, con caras de cansancio pero sonrientes. María me sacó la mordaza y yo intenté simular una sonrisa pero ella de inmediato se dio cuenta de todo lo que me pasaba. No hizo falta ninguna palabra, sólo me miró fijamente y leyó todos mis pensamientos.

-Voy a intentar sacarte la mufa -me susurró al oído.

María comenzó a aflojar mis ataduras, pero Diego la interrumpíó con un gesto. La cuerda que sujetaba mi pecho quedó suelta mientras que las que sostenían mis manos y piernas siguieron firmes y bien sujetas. Los miré a ambos intrigado por saber qué estaban tramando.

-Todavía no -dijo nuestro amigo mientras revisaba la cámara que había traído de nuestra habitación.

Mi mujer se quedó de pie frente a mi, mirándome con cierta lástima pero también con ojos mórbidos, se arrodilló delante mío y comenzó a acariciarme. Mi verga que ya se había aflojado, de inmediato dio un salto y volvió a recuperar la hinchazón.  Sus manos se sentían calientes y transpiradas. Mi miembro se derretía entre sus dedos y la excitación se apoderó de todo mi cuerpo. Ella jugaba con todo mi miembro desde mis huevos hasta mi glande. A mi cabeza volvieron los recuerdos de ella montando la pija de nuestro amigo y esas sensaciones encontradas me provocaron una explosión repentina y sorpresiva que no pude controlar. Mi verga comenzó a escupir leche y a chorrear los dedos de mi esposa que continuaba masturbándome sin detenerse. Mi jugo caliente y espeso se derramó entre sus dedos, cayendo en gruesas gotas sobre la silla.

María me pajea y es imposible contener mi explosión de leche
Sus manos recorren todo mi miembro estremeciéndome por completo
Tanta tensión previa, tanto sufrimiento y la enorme excitación contenida me habían agotado. me sentía muy cansado y agobiado. Mi mujer me rodeo mientras acariciaba mis hombros y se detuvo a mis espaldas. Yo esperaba que comenzara a desatarme. Diego había desaparecido, no sabía dónde estaba, suponía que habría vuelto a la habitación para cambiarse. Podía sentir a mi esposa detrás mío, pero no estaba aflojando las sogas.

-¿Qué te pasa que no me desatás? -pregunté molesto -¿Vas a tardar mucho más?

Sentí las manos de ella apoyarse en mis hombros. Luego asomó su cabeza y me besó en el cuello.

-Sos tan lindo y tan cabrón a veces -dijo burlándose. -Te quiero t- tan- to...

Su voz sonaba rara, entrecortada, cómo si estuviese corriendo. Dejó su cabeza apoyada en mi hombro y comencé a sentir pequeños empujones en mi silla. Inmediatamente me di cuenta de lo que sucedía. No podía ver lo que pasaba a mis espaldas, pero seguramente Diego no estaba en la habitación como yo pensaba. Se estaba follando a mi esposa nuevamente. Y ella estaba encima mío.

-¿Qué pasa ahí? -dije en voz alta y enfadado.

-Me la está poniendo de nuevo -me susurró María en mi oído, y mi piel se erizó en todo el cuerpo. -Está tan dura y gruesa que llena toda mi conchita. -su voz se oía muy sensual y lujuriosa. Yo no podía hablar, mi garganta era un nudo. -Puedo sentir cada vena de su pija rozando en mi interior... me encanta...

El golpeteo de las caderas de Diego contra mi mujer se escuchaban claramente y acompañaban con pequeños empujones sobre mi silla. Yo intentaba girar mi cabeza lo más que podía, pero apenas podía ver sus sombras detrás mío.

María jadeaba y gemía en mi oído y los empellones de nuestro amigo eran cada vez más fuertes que hasta desplazaban mi silla.

-Mmmm... voy a acabar otra vez.. -murmuró y la humedad se sentía hasta en su voz -¿Estas preparado? -me preguntó tartamudeando.

-¿Preparado para qué? -intenté responder con enfado pero mi voz casi era imperceptible.

María se incorporó y me soltó, los golpes y empujones cesaron y ambos volvieron a pararse delante mío. Mi esposa apoyó sus manos en mis piernas, bajó su cabeza y comenzó a chuparme la pija que aún tenía los restos de mi acabada anterior. No hizo falta demasiado para recuperar la erección de mi miembro, ella sabía perfectamente lo que hacía y cómo me gustaba que lo hiciera. Yo la observé atentamente y me entregué al placer de su boca. Pero ese instante de felicidad duró poco. Diego estaba parado detrás de ella, la tomó de su cintura y ella levantó su cola y abrió las piernas para permitirle a nuestro invitado que la volviera a penetrar. Diego agarró su verga y la fue metiendo con cuidado en la concha de mi mujer que seguía devorándome mi pija. Nuestro amigo comenzó nuevamente a empujar sus caderas contra la cola de mi esposa y a follarla por tercera vez. Pero ahora, lo estaba haciendo ante mis ojos, sin importarle mi opinión ni mis sensaciones. El la penetraba con fuerza, aferrándose a las caderas de ella, mirándome con soberbia, con lujuria, como burlándose de mi situación. Humillándome.

María estaba demasiado excitada cómo para aguantar mucho tiempo aquella impresionante follada que le estaba propinando su cómplice. Para entonces ya me había acostumbrado a esa mezcla de sentimientos y podía convivir con esa ira que sentía por haber sido engañado, esa humillación a la que había sido sometido y esa angustia de ver a mi esposa disfrutando y gozando intensamente con otro hombre sin que yo pudiera hacer nada. María dejó de chupar mi verga y apoyó su cabeza en mis piernas. Su respiración era entrecortada, con la boca abierta y los ojos bien cerrados jadeaba y gemía. Sentía su aliento caliente en mis muslos y sus uñas se hundían en mi carne por el esfuerzo de aguantar su cuarto orgasmo en la noche.

-N-nno... n-no pue-do más... -intentó balbucear, pero el orgasmo le ganó la batalla y estalló en un grito húmedo y profundo de placer. Verla en ese estado tan alto de excitación me hizo volar la cabeza y mi verga se hinchó aún más y mi glande se volvió más morado. Diego, que había sido la causa de todo, también acusó la imagen de mi esposa y la potencia con que había logrado su último orgasmo y tampoco pudo contener su excitación. Sacó rápidamente su pija de la concha caliente de mi mujer y comenzó a descargar en chorros abundantes (muy abundantes) y espesos de leche sobre el trasero y espalda de ella. allí me di cuenta que la había estado cogiendo sin preservativo y eso me hizo temblar y la angustia volvió a ganarle a la excitación. Mi esposa no pudo más y se desplomó sobre mi, sus piernas se doblaron y se arrodilló en el piso, mientras las últimas gotas de leche salían del miembro de Diego para caer en el suelo de la sala.

María levantó su cabeza y me miró fijamente, sus ojos cansados y mas azules que nunca me observaban profundamente.

-Jamás en mi vida tuve un orgasmo cómo el de recién -confesó -Jamás. Fue algo increíble. Gracias... gracias a los dos.

Sus palabras sonaron sinceras y honestas. Yo seguía tratando de contener mi rabia por todo lo que había experimentado tratando de consolarme con todos los momentos de alta excitación que había vivido.

-¿Cómo estás? -me preguntó Diego mientras mi mujer se levantaba y se perdía en el pasillo rumbo al baño.

-No sé -respondí y me sorprendió lo calma que sonó mi voz -La verdad es que no puedo saberlo, son muchas cosas las que me pasaron.

-Pero, ¿te gustó?¿La pasaste bien? -insistió al tiempo en que se subía el pantalón.

-No te puedo decir ahora... -contesté dudando -Por momentos no la pasé nada bien. No me lo esperaba. No estaba preparado... no sé. Quizás te pueda responder la próxima vez que nos veamos, una vez que haya digerido todo.

Diego se sonrió, se terminó de vestir y se fue feliz de haber logrado lo que quiso desde el primer momento que lo invitamos. Follarse a mi mujer.


sábado, 7 de junio de 2014

La trampa (primera parte)

Me confié demasiado y confié demasiado en ellos. Me descuidé.
Acepté la propuesta y dejé que ella me convenciera con su encanto y su sonrisa seductora, haciéndome creer que estaba improvisando una nueva experiencia. Pero finalmente caí en una trampa armada por ellos y me sentí humillado, traicionado y sumamente imbécil.

La visita de Diego, como tantas otras veces, había sido casual (eso fue lo que me hicieron creer). Cenamos, conversamos, repasamos experiencias, bebimos y fumamos. Hasta allí nada fuero de lo habitual de nuestros encuentros. Sabíamos que luego sucedería algo, pero yo pensaba que sería el mismo juego de siempre: Conmigo mirando como ellos se acariciaran o, incluso que María le chupara la verga a él o Diego masturbara a mi esposa. Nunca había sido más que eso. Como un juego amoroso y de pre calentamiento cómo para que luego, ella y yo, tengamos sexo intenso a solas.

Pero ésta vez, dejé que ella llevara las riendas e impusiera las condiciones. Me convenció de atarme a una silla que cuidadosamente colocaron frente al sofá. Me pidió que me quitara la ropa. Mientras ella me ataba cuidadosamente con mis manos por detrás del respaldo y luego mis piernas atadas a las patas de la silla, nuestro amigo hacía algo detrás mío que no podía ver, puso un disco de los Stones y encendió el televisor. En ese momento no me llamó la atención, porque yo estaba muy atento a cómo me estaba atando mi esposa con tanto cuidado. Cuando estuve inmovilizado por completo, ella trajo unas medias y un pañuelo con los que me amordazó. Yo intenté evitarlo y decirle que eso no, pero con caricias y besos, María me fue seduciendo y yo me fui entregando a sus deseos.

Ella miró a Diego que estaba fuera de mi vista y él se acercó para controlar las ataduras y la mordaza en mi boca. Luego, ambos se colocaron a mi lado y entre los dos giraron la silla dejándome justo enfrente del televisor encendido pero con la pantalla azul. Luego vi la cámara a un lado, colocada sobre un trípode y caí en la cuenta de que nada había sido improvisado y que todo estaba previamente pensado. Traté de frenarlos con gestos. Intenté desatarme y girar mi cabeza para sacarme la mordaza, pero me fue imposible. Estaba totalmente a merced de ellos y no podía decirles que esa situación no me gustaba para nada.

Intenté relajarme, pensar en qué sería lo siguiente. Supuse que encenderían la cámara que apuntaba al sillón y ellos se manosearían allí, a mis espaldas, pero que yo los vería por la tele. Pero entonces, Diego se acercó a la cámara y se la llevó, allí recién me percaté de un extenso rollo de cable que se fue desarmando mientras ellos llevaban la cámara hacia el pasillo. Escuché una puerta cerrarse y la angustia comenzó a hacerse sentir en mi estómago. No podía creer cómo había podido llegar a car de manera tan inocente e infantil en aquella trampa.

Yo miraba atentamente el televisor que continuaba con la pantalla azul y la leyenda "AV" en una de sus esquinas. Ya hacía varios minutos que se habían encerrado en la habitación y no habían encendido la cámara. Era inevitable sentirme un completo imbécil imaginando las cosas que estarían haciendo sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Traté de calmarme, pensando que María jamás haría algo que me pudiera lastimar, ella me amaba y sólo tenía sexo conmigo, esa era la condición fundamental. Ella jugaba y chichoneaba con nuestros amigos, pero jamás iría más allá de eso. Se me cruzaron por la cabeza miles de imágenes de mi mujer con Diego; situaciones que habíamos vivido antes. Él acariciando y besando sus tetas, pellizcando sus pezones... Ella chupando y lamiendo su miembro rígido.

¿Cuánto tiempo había pasado ya? Entre mis pensamientos y mis miedos ya había perdido la noción del mismo. Y en mi cabeza seguían esas escenas que tanto me habían excitado de ellos juntos.

Entonces sucedió. El televisor parpadeó y la pantalla azul cambió por la imagen de mi habitación, de NUESTRA habitación. Se veía la cama de frente y sobre ella, recostada y sonriendo, estaba mi esposa vestida con un conjunto que yo le había regalado en alguna ocasión. Una bombachita y una musculosa negras. Luego apareció Diego, ya desnudo de la cintura para abajo, pero con una remera mía, lo cual me enfureció aún más. "Todo planeado... todo meticulosamente planeado, tenían éstos hijos de puta", pensaba mientras observaba cómo ella se arrodillaba frente a él y comenzaba a acariciar es verga que ya estaba rígida de antes.

¿Qué habían hecho antes de que se encendiera la cámara?

María acarició la pija de Diego, luego se agachó despacio y se la fue metiendo en su boca. La chupó y la lamió. La imagen comenzó a cerrarse sobre la cara de placer de mi mujer saboreando aquel tozo duro de carne. Pude ver que Diego tenía algo en su mano: el control remoto de la cámara para manejar el zoom. No habían perdido detalle. Eso me generó más bronca. Pero María seguía devorando aquella verga de manera tan sensual y majestuosa como siempre. Y todo el enojo y angustia que tenía no pudo evitar que mi pija también comenzara a crecer y a endurecerse con aquella escena.

María recorre íntegramente la pija de Diego. Metiéndosela toda en su boca

Ella espía sobre su hombro mirándo la cámara. Arquea su espalda para mostrarme su bello trasero

Diego sabe que no puedo hacer nada y acaricia el culo de mi mujer que disfruta de su verga
Me olvidé por un momento de mi situación y me excité observando a mi esposa comiéndose y jugando con la pija de nuestro amigo. Yo sabía que a ella le gustaba esa verga, nunca me lo había dicho, pero me daba cuenta de cuánto le gustaba. Mi miembro estaba erecto y la excitación me desbordó por unos instantes. Diego empujaba la cabeza de mi mujer sobre su verga para que se la introdujera toda en su boca, mientras miraba y se sonreía a la cámara. Podía escucharla a ella hacer el esfuerzo para tragarse toda esa carne. Quería pajearme, pero mis manos estaban atadas, en ese instante aquellas ataduras me sirvieron para estirar y alargar aquel estado de éxtasis. Podría haber acabado sin tocarme, sólo viendo cómo ellos jugaban y se acariciaban sobre nuestra cama.

Pero de golpe algo me sacudió y me hizo volver a mi angustiante y terrible situación. Diego acariciaba la cola de mi mujer cuando de repente comenzó a quitarle la bombacha. Ella colaboró para quitársela y mi corazón comenzó a latir más fuerte. Mis miedos y pensamientos comenzaron a convulsionarse en mi cabeza y en todo el cuerpo. Un sudor frío me recorrió toda la humanidad. El zoom retrocedió y me ofreció la imagen de ambos semi desnudos sobre mis sábanas. Diego dejó el control sobre mi mesa de noche y tomó algo que había allí que no pude distinguir y se lo entrega a María. 

Diego le quita la bombacha a mi esposa dejando su bello culo desnudo
Era un preservativo. Y todo aquello que revoloteaba y revolucionaba en mi cabeza finalmente explotó. Miedo, bronca, ira, angustia, terror... excitación. No entendía cómo con tantos sentimientos encontrados, mi verga siguiera dura como una roca. Sentía el sudor fría recorriendo mi cuerpo y entrepierna muy caliente. La diferencia de temperatura era notoria. Decidí no mirar más y cerrar los ojos, pero no pude aguantar más que unos pocos segundos. Luego volví mi vista a la pantalla. Ella le estaba colocando el preservativo a él que continuaba mirando a cámara y sonriendo. Sonriéndome, burlándome... Humillándome. Cuando ella terminó de colocárselo, giró su cabeza, miró fijo a la cámara, me sonrió dulcemente, me lanzó un beso largo con sus ojos cerrados.

- Te amo -dijo tiernamente -Espero que puedas disfrutar de ésto cómo lo vamos a hacer nosotros.

Luego apoyó sus manos sobre los hombros de Diego, levantó una de sus piernas para subirse sobre él. Pude ver con claridad su conchita húmeda y caliente, abrirse despacio y voraz para que ella, con una de sus manos sosteniendo el miembro de nuestro amigo, comenzara a introducirselo dentro. Despacio, suave. Con su espalada arqueada y sus piernas abiertas para mostrarle muy bien a la cámara como ese trozo firme de carne comenzaba a perderse dentro de ella. Cuando la tuvo por completo adentro la escuche suspirar de placer y eso fue otro golpe más a mi orgullo.

Ella agarra esa pija caliente y comienza a introducírcela despacio
El miembro hinchado de Diego salía casi por completo para luego embestirla y meterlo con fuerza
- Ah! Qué lindo se siente -la escuché murmurarle a Diego que se aferraba a sus caderas. -Está muy durita, me encanta. -le dijo y yo escuchaba todo con extrema claridad a través del micrófono de la cámara.
-Mmmm... se siente rica tu conchita, ¿eh? -le respondió él -Hoy estás muy linda y me calentás más que nunca.

Quería gritar y no podía, la mordaza en mi boca estaba muy bien ajustada.  Me sacudí un poco para intentar aflojar las ataduras pero me fue imposible. Volví a mirar al televisor y la imagen volvió a sacudirme por completo. Mi esposa cabalgaba con intensidad la verga de Diego, moviendo sus caderas de adelnte hacia atrás,  sus gemidos retumbaban en mis oídos y el rítmico golpeteo de la cama contra la pared me helaba la sangre. Luego ella se inclinó hacia adelante mientras Diego acariciaba su delicioso trasero le decía algo al oído y ella reía entre suspiros de placer. Ahora sus caderas subían y bajaban y me enseñaban como la inmensidad de la verga de nuestro amigo entraba y salía dela concha húmeda y abierta de mi mujer. Los gemidos se transformaron en pequeños gritos, sus movimientos se volvieron irregulares y Diego aumentó la fuerza de sus embestidas para penetrarla con fuerza. El primer orgasmo de ella se acercaba. Yo la conocía y sabia que estaba gozando como nunca.

Intenté calmarme, resignarme a mi situación para bajar mi ansiedad y toda esa angustia que invadía mi cuerpo. Por momentos lo conseguía y por momentos no. Mi miembro seguía rígido entre mis piernas atadas y la excitación me ayudaba a olvidar toda aquella tortura.

María se golpea sus nalgas para hacerme saber lo bien que la estaban follando

Diego acaricia y me muestra como mete su verga dentro de la concha caliente de mi esposa
El primero de los tres orgasmos de mi esposa, llegó de manera intensa y entre fuertes gritos de placer. Con ella subiendo y bajando sobre aquella pija que cada vez parecía crecer más y más. María convulsionaba de placer sobre él mientras que Diego separaba con sus manos las nalgas de mi mujer para mostrarme como la estaba cogiendo y haciendo gozar.

Sin detenerse por aquel intenso clímax, ella siguió moviéndose y sacudiendo su cuerpo sobre la humanidad de nada nuestro amigo que yacía sobre nuestra cama totalmente extasiado. Los dos orgasmos de ella se dieron de manera casi consecutiva, entre gritos y jadeos de placer de ambos. Podía distinguir a través de la cámara como Diego aguantaba su eyaculación con denodado esfuerzo. Sus venas se marcaban en su rostro y cuello.  Sus manos se aferraban con fuerza al trasero de mi esposa que no paraba de moverse sobre él.  Aguantó hasta el tercer orgasmo de María y la acompañó en ese momento, haciendo mucho mas excitante e intenso aquel instante culmine. Yo no podía despegar mi vista de la pantalla e imaginaba aquella explosión de placer llenando el preservativo dentro de mi mujer que gozaba como pocas veces la había visto.

Ella se desplomó sobre nuestro amigo, quien todavía tenía su verga dentro de mi mujer y ambos se abrazaron totalmente exhaustos. Se besaron larga y apasionadamente y eso me estremeció nuevamente, pero todo mi cuerpo ya estaba derrotado y resignado para reaccionar ante aquella situación. Entonces ambos giraron sus cabezas y miraron a la cámara y me sonrieron felices.

-Mi amor -la escuché decir con voz agitada por el esfuerzo físico -La verdad es que nunca acabé como hoy, estoy totalmente mojada... -me decía con voz entrecortada -¡Empapada! -aseguró y se rió junto con Diego. -Espero que hayas disfrutado como lo hicimos nosotros. Diego es un león y me cogió como los dioses. -sus palabras no eran improvisadas, eran elegidas para seguir haciéndome sufrir, lo sabía. pero no podía evitar la angustia y la humillación que me invadía por completo.
-Espero que no te enojes por lo que hicimos -intentó calmarme a la distancia Diego -Sos un capo y te felicito por tu mujer. es una loba. No encontramos otra manera de que pudieras dejarnos hacer ésto. Y, de verdad, es que creo que te gustó y por eso también lo hicimos.

María comenzó a levantar su cola y la pija de nuestro amigo comenzó a salir de su conchita. Ambos me miraban mientras ese miembro se despedía de aquel agujero caliente y caía sobre el vientre de Diego con el preservativo completamente lleno de su jugo. Luego la imagen se acercó por completo sobre la concha abierta y recién follada de mi esposa para terminar de noquearme y dejarme sin aliento y totalmente abatido sobre la silla.
Diego comienza a sacar su verga con el preservativo lleno de leche

La concha de mi esposa recién cogida con sus labios separados y húmedos.
Dejé caer mi cabeza, mientras la pantalla de la tele volvía a ponerse azul. Pude ver mi verga aún rígida, aunque me había olvidado de aquella sensación en los últimos momentos. En mi cabeza los seguía recordando uno sobre el otro... Y las palabras de ella: "Me cogió como los dioses"... su concha abierta y mojada... la verga hinchada de Diego llenando el preservativo con su jugo... los jadeos... los gritos... y el tum-tum de la cama golpeando contra la pared de mi cuarto.

Aquella fue la primera vez que vi a mi esposa follar con otro hombre. Una tortuosa pero a la vez excitante experiencia.

Continuará...

NOTA: FOTOS REALES Y PROPIAS

viernes, 13 de diciembre de 2013

Espiando a mi esposa

Ya había superado varias pruebas difíciles con mi mujer, viéndola desde cerca disfrutar de otras pijas. Controlando la situación tan sólo con mi presencia y con la contención y el cuidado que ella me transmite con cada mirada o, quizás, con alguna caricia en ese preciso momento del clímax. Yo estaba seguro cuando estaba presente, y nuestro ocasional compañero sabía que debería ir con cierta precaución para no provocar alguna mala reacción en mí.

Una noche de mayo decidimos seguir avanzando en éste sensual juego en el que nos habíamos metido y nos pusimos a pensar en alternativas para conseguir superar esas sensaciones nuevas que íbamos descubriendo con cada encuentro. Nos divertíamos y excitábamos pensando y planeando distintos encuentros.

Finalmente decidimos que yo debía abandonar mi lugar seguro de espectador cercano para convertirme en un fisgón y espiar a mi mujer sin que el otro supiera de mi presencia. Así nos decidimos a invitar a Gustavo, un viejo amigo mío que alguna vez había intentado tener algo con ella (antes de ponernos de novios), pero que no había prosperado. Fue un trabajo de días. Primero ponernos en contacto con él luego de bastante tiempo sin vernos, después de combinar un primer encuentro yo con Gustavo solos para ver en qué andaba y allí organizar una cena en casa. Finalmente él vendría de visita a nuestro departammnto y yo llamaría diciendo que estaba atrasado.

Todo salió de acuerdo a lo planeado. Colocamos la cámara al lado de la computadora en el living, compré varios metros de cable para llevar la imagen hasta un pequeño televisor que coloqué en el lavadero. Allí instalé mi pequeño "bunker de espía". Nuestro amigo llegó pasadas las 8 pm, María le abrió y le avisó que yo estaba atrasado, previamente yo le había mandado un mensaje por celular diciendo que llegaría más tarde.

Me acomodé en una banqueta mientras intentaba oír sus conversaciones mirando atentamente el televisor.

-Disculpame la facha –le dijo ella fingiendo vergüenza –Pensé que el boludo de mi esposo te había avisado que se retrasaba todo –Ella estaba vestida con un camisón cortito, sin corpiño y con el pelo aún húmedo de la ducha.
-Recién me llegó el mensaje –lo escuché decir a Gustavo y luego mintió –Me dijo que viniera igual y lo espere acá, pero vos terminá lo que estás haciendo.
-Sí, quedate, no hay problema. Además hay confianza, che. ¿O ya te olvidaste? –le dijo ella insinuando y provocando su recuerdo de aquella frustrada relación.
-No, no –contestó él entre sonrisas – Imposible olvidarte –concluyó y ambos rieron.

Yo me retorcía y caminaba tratando de ver por la pequeña ventana de la cocina, esforzándome por escucharlos. No habían pasado ni dos minutos, ya había mentido y le había tirado onda. Todo marchaba de acuerdo a lo esperado. Pero… ¿yo estaba preparado para “lo esperado”? Mi corazón latía con violencia, un escalofrío recorría toda mi espalda, mis manos sudaban, estaba ansioso, nervioso. Angustiado. Por un momento me arrepentí de todo, quería llamar por teléfono y terminar con eso, pero debía controlarme y no dejarme llevar por las primeras sensaciones. Me senté frente al televisor, bebí algo de vino y traté de tranquilizarme.Ella lo llevó hasta el sillón. La cámara brindaba un buen plano de la sala, yo tenía el control remoto y podía hacer zoom y cerrar el lente sobre el cuerpo central del sofá. Por el momento tenía el plano general del living. Ella salió por la puerta que llevaba al baño y al dormitorio, los escuchaba hablar y sus voces me llegaban por el televisor gracias al micrófono de la cámara. María le preguntó de su vida, si estaba en pareja y cosas así. Evidentemente ella le hablaba desde el baño. Se escuchaba el zumbido del secador de pelo. Lo vi levantarse disimuladamente del sillón y asomarse despacio y con cautela. Con su mano entornó apenas la puerta y luego se acercó a la mesa a servirse una copa de vino, mientras seguía espiando a mi mujer.

Ella entró nuevamente a la sala, ya con el cabello seco pero con el mismo diminuto camisón, yo sufría con cada mirada de él, la cámara apenas los tomaba de costado, pero veía como la recorría con la vista. Ella se acercó demasiado para alcanzar una copa sobre la mesa. Él, en lugar de correrse y cederle el paso, se quedó parado esperando que ella lo rozara. Inmediatamente su mano libre se levanto y la tomó por la cintura a mi esposa. María no dijo nada, sólo le sonrió y se quedó quieta. El acarició su cintura y su mano fue bajando hasta sus caderas. Mi mujer estaba inmóvil, sin decir nada, sólo se limitó a dejar la copa todavía vacía sobre la mesa. Luego apoyó su mano sobre el hombro de Gustavo.

-Vamos al sillón –le dijo ella –Recién me mandó un mensaje que todavía tiene para un rato más –ahora la que mentía era ella.
-¡Buenísimo! –festejó Gustavo sonriente.

Una vez más frené mi impulso de tomar el teléfono y llamar para terminar con esta locura. Ambos se sentaron en el sillón, él se acercó y ella se fue echando hacia atrás a medida que Gustavo se le acercaba. Con el control de la cámara, cerré un poco el plano. Pude observar la mano de mi amigo acariciando la pierna de mi mujer y subiendo disimuladamente su camisón. Llegó hasta la cintura y pude ver la diminuta tanguita que llevaba puesta. Él también se dio cuenta de ello y se detuvo unos segundos a admirarla antes de continuar. María ya estaba recostada por completo sobre el sofá, él siguió levantando el camisón hasta dejar al descubierto sus pechos. Yo me acerqué un poco más al televisor y comencé a deleitarme viendo sus pezones enormes y rosados bien erguidos. Gustavo manoseó esos pechos que tanto deseaba y pellizcó los pezones mientras ella soltaba risitas nerviosas. Giré un instante para servirme otro trago de vino y cuando volví mi atención a la pantalla, él ya se había sacado los pantalones y estaba en calzoncillos sobre mi esposa. Su lengua jugaba y lamía las tetas de ella, viboreaba sobre sus enormes pezones mientras mi mujer se retorcía de placer. Él la aferraba de sus muñecas para impedirle que lo aparte de ella.

-¡Ay! No… Basta… Puede venir en cualquier momento –le decía con fingida preocupación –Me estoy excitando y no me gusta… Mirá si viene antes… -su voz se escuchaba entrecortada, mi esposa de verdad se estaba excitando.
-Dale, no seas boba… si te gusta –le reprochaba él –Olvidate del boludo de tu esposo, yo vine acá por vos –lo escuchaba decir eso y me daban ganas de salir y cagarlo a trompadas, pero me contenía, yo también me estaba excitando viéndolos. –Y si llega a entrar, mejor… Así me ve como te lleno de leche. Seguro que le va a gustar al cornudo ese. –dijo con atino.


Gustavo disfruta lamiendo y chupando los enormes pezones de mi mujer que lo observa con excitación
Ella soltó una suave risita fingiendo nervios y se dejó llevar. Él le mordisqueó y lamió las tetas, las chupaba realmente con muchas ganas. María observaba cómo la lengua de Gustavo le acariciaba y humedecía sus pezones grandes y rosados. Los labios de Gustavo fueron recorriendo el cuerpo de mi mujer hasta llegar al cuello de mi esposa quién tiró su cabeza hacia atrás para entregársele por completo, luego llegó hasta su oreja. Yo sabía que ese era un buen lugar para encenderla y excitarla. Ella se resistió un poco, pero la lengua de Gustavo le recorrió la oreja y María se estremeció de placer. Yo la observaba a través del televisor y distinguía nítidamente su excitación. Mi mujer se ofrecía a su amante con sus ojos entrecerrados y dispuesta a que él hiciera lo que quisiese con ella.

Hasta que sucedió lo que hasta ahora nunca había ocurrido y desconocía que me pudiese molestar. Ella logró zafarse de sus manos y lo corrió suavemente hacia atrás, él volvió a acercarse y la besó. Un beso profundo, largo y húmedo que ella recibió con sus labios abiertos. Podía ver sus lenguas cruzarse y pasearse entre sus bocas, ella estiró sus brazos y lo abrazó e hizo que aquel beso fuese más profundo. Un sudor frío me recorrió la espalda, mi respiración era pesada y mis manos temblaban. Ver ese beso me heló la piel y no podía evitar sentirme el cornudo más idiota del mundo. Le di otro largo sorbo a mi copa de vino para poder escapar de aquel suplicio y hundí mi cabeza entre mis manos. No quería ver. Los oía murmurar y reírse y eso me angustiaba aún más.

Él la besa profundamente, veo su lengua moverse dentro de la boca de mi esposa,  ella apenas se resiste

Su oreja es el punto débil y él lo sabe. Cuando su lengua llega hasta ahí ella estalla de excitación

Cuando levanté la vista, algunos minutos después (o quizás eran segundos, todo transcurría muy lentamente para mi), la situación había cambiado. Ahora era Gustavo el que estaba recostado boca arriba sobre el sillón, ya sin sus calzoncillos y ella estaba arrodillada a sus pies lamiendo y chupando su verga rígida. El cabello rubio de María estaba atado en una coleta y su cabeza se movía de arriba hacia abajo repetidas veces hundiendo aquel miembro en su boca una y otra vez. Podía ver cómo se le inflaban sus mejillas cada vez que esa pija le llenaba la boca. Su lengua jugaba con ella, lo lamía, lo besaba y disfrutaba de su hinchazón y dureza. Él la miraba extaciado y dejaba que mi mujer hiciera lo quisiera con su verga. María lo chupó y masturbó un largo rato sin soltar por un segundo la pija de Gustavo y su mirada iba de la verga hirviendo de él a sus ojos. En ningún momento intentó hacer un contacto visual conmigo ni alguna señal. Nada. Eso me incomodaba aún más.

María disfruta de esa verga hinchada y caliente. La empuja desde los huevos para devorársela por completo

Lo masturba, lo lame, lo chupa y besa. Ese miembro hinchado se derrite con su lengua

-Decime si no estaría bueno que llegara ahora y nos encontrara así, ¿no? –le dijo él con tono irónico. Ella siguió chupándole la pija sin atender a lo que le decía –No sé, hasta quizás le guste y se sume a nosotros… -continuó diciendo con sorna.
-No quisiera averiguarlo –le contestó ella -¿Te falta mucho? A mi no me gustaría que llegue justo ahora y nos encuentre así. –Mi esposa apuró sus caricias y chupó más enérgicamente la verga de nuestro amigo.

Mi mujer no puede soltar esa verga, sabe que lo está llevando al clímax y desea beber todo ese jugoso placer

Entonces vi cómo los músculos de Gustavo se tensaban, su respiración se aceleraba y su verga crecía un poco más entre los dedos de mi mujer. No faltaba mucho para que acabara. Decidí improvisar un final al encuentro. Cómo no me iba a bancar cenar con el pelotudo ese, salí del lavadero y me quedé esperando en la cocina. Asomándome muy discretamente los podía ver en el salón. Sentía mi pija muy dura presionando dentro del jean y sin darme cuenta comencé a sobármela. Verlos en vivo era otra cosa que por la televisión. El flaco la tenía agarrada e los pelos para poder verla chupar su verga. Desde mi posición la veía a mi esposa de espaldas y su cabeza subiendo y bajando sobe la entrepierna de Gustavo que la observaba con fascinación. Me volví a ocultar detrás de la pared y escuchaba sus voces pero estaba más atento a los sonidos de la garganta de María al tragarse toda esa pija entera.

-Si… si… seguí así… que ya… viene… -lo escuché murmurar a Gustavo con voz entrecortada.
-¿Sí? ¿Te gusta? –decía ella con voz muy sensual -¿Me vas a dar toda la lechita? Dámela rápido, mirá que ya va a llegar, ¿eh? -la escuché decir a mi esposa utilizando un lenguaje que jamás había usado conmigo. Oirla hablar de ese modo me encendió. Y a él también.

Cuando me asomé nuevamente la sorpresa fue grande al ver a Gustavo sosteniéndole la cabeza a mi mujer con ambas manos, él subía y bajaba sus caderas con fuerza para introducir todo su miembro en la boca de María que sólo podía quedarse quieta y abrir lo más grande posible su boca para recibir cada embestida del pibe. Para mi sorpresa, ella no intentaba frenarlo, por momentos se ahogaba y hacía arcadas de lo tan profundo que llegaba la pija hinchada de Gustavo en su garganta. El sofá se sacudía ruidosamente y la escena era muy sádica. Yo observaba el rostro con el ceño fruncido de Gustavo en un gesto como de enojo pero de extremo placer al estar cogiendo por la boca a mi esposa. Ella sólo atinaba a apoyarse en sus manos para no caerse. Y lo que me volvía más loco eran los sonidos... el sonido de las caderas de él golpeando en la cara de mi mujer, el sonido húmedo de su verga invadiendo por completo la boca de María llegando hasta el fondo de su garganta, y el sonido del sillón moviéndose y golpeando contra la pared.

Gustavo se incorporó un poco y se apoyó sobre sus codos. Tomó los cabellos de ella con violencia y presionó sobre su cabeza para que no saque su verga de la boca y poder llenarla de su jugo.

-¡Cómo te gusta, putita, eh!- le decía a mi mujer con gesto de felicidad -¡Acá tenés tu lechita, ahora tragala toda! -dijo un segundo antes de comenzar a acabar -¡Ah! ¡Aaahh! –él comenzó a dar unos gritos ahogados.

Ese era el momento indicado. Entré caminando despacio al living, ninguno de los dos me vió hasta que me detuve junto a ellos. Gustavo estalló en un orgasmo intenso que le llenó de leche la garganta a mi mujer. La escuchaba esforzándose por respirar por la nariz para no ahogarse, intentando tragar aquella primera descarga de jugo caliente.  Las manos de él seguían aferradas al cabello de ella para que no sacara su verga de la boca. El semen la rebalsaba, le chorreaba por las comisuras de los labios y colgaba de su barbilla. Era blanco, espeso, viscoso y abundante... muy abundante.

Yo la tomé del hombro a mi mujer y la corrí hacia atrás. Fue tal el imprevisto que Gustavo se sorprendió y se asustó, pero no podía controlar ni parar de eyacular. Su verga seguía escupiendo leche que salpicaba todo a su alcance, sobre todo la cara de mi esposa que recibió la mayoría de los chorros de esperma. María lo miraba, y podía distinguir una sonrisa cómplice detrás de aquel baño de semen que cubría su rostro.

-Ehhh… yo te… yo… te puedo explicar –balbuceaba él mientras buscaba sus calzoncillos que estaban tirados en el suelo.

Sin decir nada, sólo me limité a observarlo juntar su ropa y salir lo más rápido de mi casa. Cuando escuchamos la puerta del ascensor cerrarse, María me confesó que gozó mucho y que le faltó apenas unos segundos para llegar a un primer orgasmo sin que nadie la tocara.

-¿Cómo pudiste dejar que te tratara así? -le cuestioné.
- La verdad es que me gustó... Me gustó mucho, me hizo sentir bien puta y sabía que eso te iba a molestar -admitió con una sonrisa perversa pero excitante. -¿Te enojó verme así? -me preguntó mientras sus manos comenzaban a desabrocharme el pantalón para meterse dentro y encontrar mi pija dura -Porque a mi me encantó que me vieras así... -ella se arrodilló delante mío para comenzar a chuparme la verga sin dejar de mirarme. Sin sacarme los ojos de encima y con el rostro todavía cubierto de la leche de Gustavo, me chupó, lamió beso y masturbó mi verga un breve instante hasta que exploté en un orgasmo que ella se encargó de seguir desparramando en su cara mezclando mi leche con la del otro flaco. Cuando mi última gota de jugo terminó de salir de mi miembro para caer sobre la frente de ella, la observé con su rostro empapado de semen y entendí que ella sabía que yo reaccionaría así y dejó que todo pase.

María se levantó y besó mi mejilla. No pude evitar limpiarme porque algunas gotas de leche quedaron pegadas en mi y no sabía si eran mías o de el otro. Ella se río de mi gesto de repulsión.

-Te amo, calentón -me dijo mientras se metía en el baño.

Extrañas sensaciones para una experiencia intensa.

NOTA: FOTOS REALES Y PROPIAS

domingo, 17 de noviembre de 2013

El viaje

Un tiempo después de aquellos encuentros con Diego, el compañero de gimnasio de mi mujer, nos invitó a pasar un fin de semana en la costa en un departamento de sus padres. Salimos un viernes luego del trabajo, con el sol ocultándose en el horizonte, ya estábamos en plena ruta, como era un fin de semana normal (no había feriado ni nada) y mediaba el mes de octubre, había muy poco tránsito y se viajaba muy cómodo.

Nuestro amigo conducía, yo lo acompañaba a su lado y María iba en el asiento de atrás, escuchábamos música, compartíamos unos mates y planificábamos el fin de semana que aparentemente nos iba a recibir con algo de fresco y algunas nubes, pero eso poco nos importaba. La premisa del viaje que tanto había insistido Diego en que hiciéramos era poder seguir avanzando en éste juego en el que lo habíamos involucrado. Si bien yo ya lo tenía asimilado y había vivido esos encuentros previos leves, tenía sensaciones encontradas y estaba sumamente nervioso y  con muchísimas dudas acerca del momento en que viera a mi mujer en alguna situación mucho más arriesgada. Se me vino a la mente el recuerdo de cuando mi esposa le chupó la verga a Diego en nuestra casa. Esa imagen me devolvió todos los miedos y la angustia, pero a la vez me excitaba. Me costó mucho aceptar viajar ya que cada paso que dábamos, mayor y más fuertes eran esas sensaciones encontradas.

Durante el viaje, María y Diego iban planificando todo e imaginando cada detalles. Yo los escuchaba casi con asombro de las cosas que oía. La conversación los fue calentando a ambos que intentaban por todos los medios involucrarme en la charla para que participara más activamente de ella. De a poco me fui integrando con algunos comentarios y mis miedos y angustias quedaron relegados. La cosa se ponía caliente y tan sólo habíamos recorrido cien kilómetros de los cuatrocientos que nos separaban de nuestro destino. Todos estábamos deseosos de llegar para comenzar, pero más aún lo estaban ellos.

-¿Te animas a manejar?- me preguntó Diego de repente.
-Sí, por supuesto, ¿ya estas cansado?- le dije inocentemente.
-No... mas o menos. -respondió dubitativo -Pero si manejás un rato, puedo concentrarme mejor en todo lo que podemos hacer cuando lleguemos. -propuso entusiasmado.
-Está bien -le respondí y la miré a mi mujer que se sonreía en el asiento trasero.
-Vení atrás así hablamos mejor -le ofreció ella a Diego quien aceptó enseguida.

Paró el auto en la banquina y se pasó para atrás con María, yo me acomodé al volante, me abroché el cinturón y volvimos a la ruta. El sol ya se había ocultado y la claridad del día iba cediendo lugar a la noche. Sin pensarlo, manipulé el espejo retrovisor interno para verlos y ellos encendieron la tenue luz trasera. Hablaban animadamente pero, por momentos, perdía el hilo de la conversación por estar concentrado en la ruta manejando un vehículo ajeno. Cada tanto observaba en el espejo y se los veía a ambos muy entusiasmados. Demasiado para mi gusto, pero asumía que todos esos sentimientos de miedo no me permitían disfrutar a pleno como ellos y debía enfrentarlos para poder gozar a la par de mi esposa.

Yo estaba perdido en mis pensamientos y con la vista fija en la ruta. No había muchos autos circulando, pero de vez en cuando debía sobrepasar a algún vehículo. Tan concentrado estaba que no me percaté que las voces que provenían de la parte trasera del auto se habían acallado. Cuando levanté mi vista al espejo retrovisor un intenso escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
María estaba con su remera totalmente levantada y sus bellísimas tetas completamente desnudas. Nuestro amigo acariciaba los pechos de mi mujer y lamía entusiasmado los pezones rosados y enormes de María que lo miraba mientras le acariciaba la cabeza.

En un primer momento pensé en interrumpirlos y pedirles que por favor terminaran con eso. Pero entonces mi esposa cruzó su mirada con la mía a través del espejo, me sonrió muy sensual y me lanzó un beso a la distancia. Luego sentí su mano acariciándome la cabeza.

-No pudimos aguantar -dijo ella en voz muy baja.
-Me imagino -le respondí sin intentar disimular mi fastidio.
-No te enojes, amor -me suplicó ella -Esto es cómo un anticipo, nada más.

Diego no dijo una sola palabra. Él siguió chupándole las tetas a mi mujer totalmente ajeno a nuestra conversación. Volví mi vista a la ruta por un momento, luego vi cómo nuestro amigo se desabrochaba los pantalones para sacar su miembro erecto ante la feliz mirada de mi esposa.

-Quiero que me la chupes bien chupada -le ordenó Diego.
-Cómo vos quieras, tesoro -le contestó ella impostando una voz muy sensual.

Cuando miro por el espejo retrovisor ella estaba con sus tetas desnudas y acariciándole el bulto a Diego

Ella se acomodó de costado en el asiento, agachó despacio su cabeza y su boca se fue abriendo a su máxima capacidad para meterse la verga caliente de Diego entre sus labios. Comenzó a lamerlo y chuparlo despacio y suavemente, pero a los pocos segundos, su excitación hizo que aumentara la fuerza y la frecuencia de sus sobadas. Yo miraba por el espejo retrovisor y cada tanto giraba la cabeza para verlos en directo, también tenía mi pija hinchada de placer al verlos. Ella gemía de excitación al tener esa pija dura en su boca, y el muchacho exhalaba sexo con la cabeza echada atrás en el respaldo del asiento.

Un bocinazo me devolvió la vista a la ruta. Una camioneta estaba a la par nuestra, bajé mi ventanilla y desde el otro vehículo me saludaron dos hombres con el pulgar hacia arriba y señalándome la parte de atrás de nuestro auto. Fue en ese instante en que me di cuenta que Diego había bajado la ventanilla y que el último claro del día permitía ver perfectamente lo que sucedía en el asiento de atrás de nuestro coche. María sacó la pija de su boca y les lanzó un beso a los de la camioneta que festejaron con gritos y carcajadas, luego se alejaron haciendo sonar el claxon varias veces antes de desaparecer en el horizonte.

Yo no podía seguir manejando en esa situación. o les pedía que terminasen con eso o detenía la marcha para verlos con mayor atención. Estacioné a un costado de la ruta, la noche ya estab encima nuestro y les pedí que suban la ventanilla. No quería otra escena como la que habíamos pasado hacía unos minutos. Me acomodé en el asiento del conductor mirando hacia atrás.

Mi mujer tomó la verga dura de Diego con su mano y comenzó a pajearlo con fuerza mientras jugaba con su lengua en el glande ya morado por la hinchazón. Él comenzó a respirar con mayor frecuencia, ella lo masajeaba y lamía con esmero, muy atenta a cada movimiento y gesto de Diego que la aferraba fuerte de sus cabellos. Él estaba inquieto, tenso y esforzándose demasiado por contener el orgasmo.

-Mirá... mm.. mirá que voy  a... acabar... -lo escuché decir entrecortado en un hilo de voz. Luego le soltó los cabellos a mi mujer para que se pudiera levantar. Pero ella no lo hizo.

Mi esposa se devoraba la verga hinchada de Diego hasta hacerlo explotar dentro de su boca

Ante mi mirada de estupor ella continuó chupándole la pija a Diego. Sus labios se apretaron contra el glande y sus mejillas se metieron hacia adentro, como si estuviera succionando con fuerza. Nuestro compañero no pudo contener más el clímax y lanzó un grito ahogado. Sus músculos tensos y las venas hinchadas en su frente denotaban el enorme esfuerzo realizado y el inmenso placer que estaba atravesando su cuerpo en ese preciso instante. Nuestro amigo comenzó a liberar toda aquella tensión en la boca de mi mujer.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba viendo. María siempre me había dicho que no le gustaba que le acaben en la boca y muy pocas veces lo había hecho. Yo siempre fui respetuoso de ello y jamás se lo pedía. Ahora otro le estaba llenando la boca de leche y ella estaba dispuesta a recibirla. Es más, lo estaba disfrutando. Cuando esa primera descarga de la verga de Diego inundaba su boca, María me miró y sus ojos bien abiertos se clavaron en los míos. Imaginé como ese primer chorro furioso de leche caliente, salía de esa pija hinchada y se derramaba a través de la garganta de mi mujer que se esforzaba por tragar el espeso jugo. Sus labios apretados fuertemente contra la verga de Diego no pudieron impedir que algunas gotas se escurrieran entre ellos y comenzaran a caer entre los dedos de mi esposa que seguía masajeando ese miembro para sacarle todo el líquido de su interior. Él seguía jadeando y temblando mientras su pija continuaba escupiendo leche en la boca de mi mujer que me miraba con sus ojos bien abiertos. Ella estaba muy excitada y estaba disfrutando de esa verga, de esa leche quemándole el paladar, de los gemidos de Diego y, sobre todo, disfrutando de mi estupor y de mi cara de asombro.

Finalmente nuestro amigo se fue relajando, ella continuó unos segundo mas chupando y limpiando el miembro del muchacho mientras, él me miraba también sorprendido por lo que había sucedido y esperando alguna reacción mía.

 -Yo le avisé -me dijo Diego intentando defenderse.
-Está todo bien -le contesté tratando de controlar todas mis emociones. Las malas y las buenas, ya que había descubierto que mi verga me dolía de lo que me apretaba dentro del pantalón. De verdad estaba muy excitado.
-Pensaba que no te gustaba tragar leche -le dijo a María con desconcierto.
-Yo también -acoté mientras me daba vuelta para poner el auto en marcha.
-Es cierto -comenzó a decir María mientras se limpiaba los últimos restos de leche de sus labios con su remera -Antes me parecía algo desagradable. Pero ahora, en éste momento de mi vida, con todo lo nuevo que estamos descubriendo, estoy dispuesta a recapacitar ciertas cosas. Y, la verdad, es que me gustó. Me gustó mucho. -concluyó.

Estuvimos en silencio unos minutos hasta que mi esposa se incorporó de su asiento y se asomó sobre mi hombro.

-¿Cómo te sentís, amor? -me susurró.
-Desconcertado -respondí.
-Cuando Diego estaba acabando y yo te miraba a los ojos podía ver... -hizo un breve silencio - Más allá de tu cara de sorpresa, podía ver mucha excitación. ¿Es verdad?
-Si -contesté sin dudarlo -Pero la sorpresa fue muy grande.
-Pero lo superaste -me dijo sonriendo -De hecho seguimos viaje hacia la costa, ¿no? -afirmo y ambos nos reímos en silencio. Y luego me besó en la mejilla.
-¿Te puedo decir algo? -se lo escuchó decir a Diego desde el asiento de atrás. Lo miré por el espejo. -Tenés la esposa más hermosa y copada del mundo, flaco. Sos muy afortunado.
-Y además la chupa como los dioses -intenté bromear para distender el ambiente y ambos se echaron a reir.
-Sí, es impresionante como la chupa -exclamó Diego.

Entonces María asomó un poco más su cuerpo entre los asientos y sentí su mano acariciándome la verga y desabrochando mi pantalón. Con su mano aún tibia sacó mi miembro y comenzó a pajearme.

-Cuando sentía toda esa leche calentita en la garganta y te miraba, pensaba en lo envidioso que estarías de Diego. -me iba diciendo sensual al oído mientras seguía masajeándome la verga -No sabés la cantidad y lo espesa que fue esa acabada. No te das ni idea de lo difícil que fue tragar todo eso. Con el primer chorro pensé que me ahogaba, te juro. -la escuchaba contar con entusiasmo y sensualidad su experiencia y la excitación me iba subiendo a pasos agigantados. -En un momento te quería hablar, te quería decir que estaba todo bien, que te quedes tranquilo... pero si abría la boca iba a volcar todo. Así que preferí callarme y tragar. El sabor era distinto... bah... a lo que me acuerdo... éste era mas rico, menos agrio -mientras hablaba podía sentir el leve aroma a semen que provenía de su boca -Pero lo que mas me gustó de todo fue verte así cómo te vi... sin reacción, sumiso, paralizado y excitado. Me hizo sentir la más mala de todas las malas... y la más puta. -terminó de decir eso y estallé. Mi verga explotó con una descarga interminable que derramé en mis pantalones, en mi remera y en la mano de María que no dejaba de pajearme. Escuchaba las carcajadas de Diego de fondo.

María se asomó desde el asiento trasero y me masturbó mientras conducía. Yo estaba totalmente excitado.

-Che, no me manchen el auto que está recién lavado -decía entre risas nuestro compañero, mientras yo intentaba recuperar el aliento.
-Estabas más caliente de lo que pensaba -me dijo mi mujer con cierta sorpresa.

El vehículo zigzagueó y otro coche nos hizo una señal de luces a nuestras espaldas. Debía volver a concentrarme nuevamente en la ruta o nos mataríamos. Cuando recuperé el control del auto, pude ver el desparramo de leche que había en mis pantalones, el asiento e incluso el volante. María juntó algunos pañuelos de papel y se limpió las manos, luego comenzó a limpiar mis pantalones. A los pocos kilómetros nos detuvimos en una estación de servicio y terminamos de arreglar aquel enchastre.

Diego volvió a conducir su coche, yo me acomodé en el asiento del acompañante y mi esposa volvió a quedar sola en la parte de atrás del auto. El resto del viaje transcurrió entre música y conversaciones de cualquier tipo menos de sexo. En un momento yo dormité un poco y en mi sueño se repetía una y otra vez, como un disco rayado, la imagen de María con la verga de Diego en su boca llenándola de leche. En aquel sueño ambos me miraban y sonreían mientras él acababa con fuerza dentro de ella y mi esposa apretaba los labios contra su miembro rígido para no dejar escapar ni una sola gota.

-¡Cómo te gusta ver así a la puta de tu mujer! -decía nuestro compañero una y otra vez -¡Cómo te gusta, cornudo!

Al llegar a nuestro destino ya había asimilado todo lo sucedido en nuestro viaje, desempacamos las cosas del auto y antes de meternos en la casa Diego nos recordó que debíamos dejar algún registro de lo que había pasado en la ruta.

-Uds. siempre sacan fotos o filman en video -nos recordó -¿Porqué no te sacás una foto en el auto? -le preguntó a mi mujer quien aceptó y posó para la lente de mi celular.

Foto real y propia. María posa para mi celular al llegar a destino
 
Luego entramos en la casa para descansar. Sería un fin de semana largo e intenso.