viernes, 7 de noviembre de 2014

Cuernos

Con mi cambio de trabajo, decidimos mudarnos juntos con mi novia. Luego de un año de noviazgo intenso y con una nueva y mejor proyección económica, tomamos juntos la decisión de irnos a vivir juntos.

Mi nuevo trabajo, además de una mejora en mis ingresos, también tenía sus perjuicios, como el de viajar al interior del país algunas veces. Así fue cómo surgió mi viaje a Córdoba a principios de noviembre. Estaba programado volver el domingo por la tarde, pero trabajé duro para poder adelantar mi regreso y así poder estar el sábado a la mañana en casa.

Pobre de mi que pensé que sería una buena sorpresa llegar sin avisar y sin decirle nada a María, ella siempre lamentaba mis viajes porque no le gustaba dormir sola.

Bien, llegué a casa alrededor de las 10 de la mañana, supuse que ella estaría por despertarse así que entré sigilosamente al departamento intentando hacer el menor ruido posible, no había nadie levantado pero las cortinas de la sala estaban subidas, evidentemente ya se había despertado antes. Se oían ruidos que venían del pasillo, quizás se estaría bañando, pensé. Dejé las cosas en la sala de estar y me dirigí en puntas de pié por el pasillo que comunicaba al baño y las habitaciones. El baño estaba vacío. Afiné mi oído para escuchar bien esos sonidos que provenían de nuestra habitación. No necesité demasiado tiempo para distinguirlos. Mis piernas flaquearon de repente y me tuve que sostener de la pared, un frío intenso me recorrió la espalda y comencé a sudar como nunca. Ira, bronca, decepción, temor, miedo... un montón de sensaciones recorrieron todo mi cuerpo en fracción de segundos. No me animaba a asomarme para ver dentro de mi dormitorio. Me detuve un instante para reponerme y escuchar.

- Ahhh! Ahh! -escuchaba a mi esposa jadear -Mmme-enn-can-ta... -decía con voz entrecortada.
-¿Te gusta así? -una voz masculina le hablaba sensualmente a mi mujer -¿Sabés que me encanta que seas tan puta, no?, jeje
-Si, soy tu putita, bombón -respondía ella entre gemidos.

Junté coraje y me asomé con cuidado por la puerta entreabierta de mi habitación.

Lo que vi me congeló, fue un tanque de agua helada cayendo por mi cabeza. Sobre mi cama, había un hombre arrodillado de espaldas a mi, follando a mi esposa por atrás, tipo perrito. Veía sus caderas moverse con vehemencia para penetrarla con fuerza a María que estaba en cuatro delante de él. Sus manos estaban cerradas en puño arrugando las sábanas y sus gemidos ya eran pequeños gritos de placer. La cama se sacudía y golpeaba contra la pared y el muchacho se sostenía a mi mujer de la cintura para poder enterrar su verga lo mas profundo que pudiese en la concha de ella. Ese golpeteo húmedo de su pija entrando en María todavía me retumba en la cabeza.
Retrocedí y me volví a apoyar en la pared, no sabía que hacer, estaba como borracho, desorientado. Intenté calmarme, para poder pensar. Me tomó un par de minutos poder bajar toda esa ansiedad y angustia, mientras seguía escuchando cómo ellos continuaban cogiendo en mi cama. Revisé mi bolsillo y saqué el celular, activé la cámara y volví a asomarme para poder tener una foto de lo que estaba pasando.


Ahora la cosa había cambiado. María estaba montada sobre su amigo, de espaldas a mi. Me detuve mirando su bellisimo culo subiendo y bajando sobre ese hombre que la sostenía de sus nalgas. Su verga hinchada y grande aparecía y desaparecía con cada subir y bajar de las caderas de mi mujer. Ella se sacudía totalmente excitada sobre esa pija y él respiraba muy ruidosamente sin dejar de acariciar el culo de mi esposa. Asomé mi brazo y  saqué un par de fotos, luego volví a ocultarme detrás de la puerta. Con la espalda contra la pared, me dejé caer y quedé sentado en el pasillo, escuchando como María llegaba al clímax con un orgasmo que la hizo explotar en gritos de placer que taladraban mis oídos. Allí pensé que todo había terminado, me relajé y me puse de pie, pero no sabía que hacer. Volví a espiar y lo que presencié me llevó a otra dimensión.

-Mmmmm... ¡Qué polvazo, papito! - le decía ella mientras seguía cabalgando sobre la pija de aquel desconocido -Pero vos no acabaste -se lamentó.
-¿Te gustó? -lo escuché responder a su amigo -¿Porqué no me ayudas ahora a acabar a mi? -le dijo y luego se hizo un interminable silencio.

Intenté agudizar mi oído para escuchar, no se oían voces, pero había un sonido cíclico que retumbaba suave y lejano en el ambiente. Cerré mis ojos, me concentré en ese ruido y, cuando mis sentidos se acostumbraron al ambiente, pude distinguir aquel sonido. Era el ruido que hacía la garganta de María cada vez que tragaba la verga de su amigo. Un sonido gutural, húmedo y profundo. Cada tanto se escuchaba cuando la pija se le salía de la boca. El muchacho sólo se limitaba a suspirar y "ronronear". Estuvieron así un buen rato hasta que él habló.

-Mmmm... qué delicia -dijo en voz muy baja, casi en un suspiro -¿Sabés que me encanta cómo chupas la pija?
-¿Sí? -respondió ella como si no supiera que lo estaba haciendo gozar como loco -A mi me encanta chuparte la pija.
-Ojo que estoy a punto de explotar... -le advirtió su amigo en un acto de honestidad.
-Mmm... ¡qué bueno! -festejó ella y luego nuevamente silencio y ese sonido que antes era imperceptible, ahora vibraba con mayor intensidad.

Me puse de pié y volví a espiar por detrás de la puerta.

Él estaba recostado sobre la cama y ella con su cabeza subiendo y bajando sobre la entrepierna de su amigo que la sostenía de los cabellos para mirarla devorarse su miembro hinchado y a punto de estallar.

Me quedé helado viendo aquella escena. Ella no sacaba la pija de su boca y los músculos y tendones de aquel extraño se tensaban, estaba aguantando el orgasmo hasta el final. De golpe, toda aquella tensión se despejó con un grito profundo de placer de él que cerró sus ojos y su puño se aferró y apretó aún más los cabellos de María evitando que ella sacara ese miembro de su boca. Él gemía y hacía como pequeñas convulsiones. Los ojos de mi esposa estaban bien abiertos y podía ver su garganta moverse con rapidez tratando de tragar aquella descarga de leche que ahora inundaba su boca. La veía seguir succionando y chupando esa verga, como exprimiéndola, sin dejar que nada de jugo se le escape por entre sus labios. En su cara no había ningún otro rastro mas que de felicidad y goce. Ella disfrutaba estar ahogándose en su leche y tragando toda esa erupción de esperma.
Cuando quise reaccionar, me di cuenta que yo me estaba tocando y manoseando la verga que ya la había sacado por la cremallera de mi pantalón. Primero me detuve un instante, pero volví la vista a mi esposa, que ahora lamía y limpiaba la pija de su amigo y que no había ni un solo rastro de aquella acabada en ningún lado. No me pude contener y seguí masturbándome hasta acabar. Coloqué mi mano de manera que no cayera mi descarga en el piso y la acumulé por completo en mi palma. Fue un orgasmo breve pero intenso. De inmediato me fui del pasillo hacia la cocina, saqué unas servilletas de papel, me limpié rápidamente, tomé mis cosas y salí con el mismo sigilo que había entrado de mi departamento.

Me quedé un par de horas en el auto, hasta que vi salir al flaco del edificio. Dejé pasar otro rato y volví a mi casa a eso de las 3 de la tarde.

Cuando entré al departamento, María estaba ordenando la cocina, vestida con un diminuto pantalón y una musculosa, sin corpiño. Se sorprendió al verme, pero inmediatamente se abalanzó sobre mí para abrazarme y besarme en la boca. No pude evitar agudizar nuevamente los sentidos y, más allá que se sentía el olor al dentífrico y el enjuague bucal, en lo profundo de su boca, como emanando de lo mas profundo de su ser, ese aroma ácido del semen que hacía un rato había inundado por completo su garganta.

-¡Qué linda sorpresa que hayas llegado antes! -fingió celebrar con una perfecta actuación -Te estaba extrañando mucho, me aburrí como una hostia solita... -dijo poniendo voz de bebota.

"Sí, seguro. Muy aburrida estuviste", pensé.

Nunca le conté ni confesé que la había visto... ni mucho menos, que me había pajeado mirándola.

martes, 23 de septiembre de 2014

10 minutos

Esos diez minutos fueron eternos. Y lo peor de todo es que yo sabía que me iba a arrepentir. Pero ya era tarde.

Mi mujer y... Juan o Julio o Julián... (ya ni me acuerdo de su nombre), entraron en nuestra habitación y cerraron la puerta. La consigna era: sólo 10 minutos. Maldita apuesta.

Yo buscaba cosas para hacer, pero el viejo reloj de números romanos que colgaba en la cocina del departamento que habíamos alquilado por ese verano, se esmeraba en hacer de cada segundo un siglo.

A los diez minutos exactos, la puerta de la habitación se abrió, mi esposa se metió en el baño y nuestro amigo se despidió de mi.

-Loco, la verdad es que tenés un minón -me dijo con una sonrisa enorme -desde que la vi en la playa pensé en lo buena que estaba... Y no me equivoqué. Son dos grosos. Espero que no se corte. -concluyó dándome un fuerte apretón de manos. Aquel muchachito tenía unos 10 años menos que yo, apenas pasados los 20.

Esperé a María que salió de la ducha y se sentó a mi lado en la cocina.

-¿Y? -pregunté sumamente intrigado -¿Qué hicieron?
-¿Querés que te cuente? -me dijo con sarcasmo y luego sonrió de manera muy sensual.
-Con lujo de detalles -increpé.
-Ok -dijo con displicencia mientras apoyaba la cámara de fotos digital sobre la mesa. -Tengo muchos detalles para contar... y mostrar. -Estiré mi mano para tomar la cámara y ella me frenó -No, no... todo a su tiempo, corazón. Vos querés detalles. Yo te voy a contar. -afirmó antes de comenzar su minucioso relato.

"La verdad es que Juan ya me había hablado apenas llegamos a la playa y lo marqué como un buen candidato. Yo le dije ésto en la habitación y el me respondió que también me había echado el ojo.
La cosa es que lo primero que me dijo era que me quería ver las tetas. Lo cual obedecí. Me levanté la remera y dejé que me acariciara las lolas. Tiene unas manos suaves y fuertes. Me apretó las tetas y pellizcó mis pezones que enseguida se me pusieron duros. Todo el tiempo me decía lo buenos que eran mis pechos y lo grandes que eran mis pezones. Que le encantaban.
Yo no me quise quedar atrás y estiré mi mano y le acaricié el bulto. Ya tenía la verga dura como una piedra. Enseguida se bajó el pantalón y me sorprendí con el buen tamaño de esa pija circuncidada. La acaricié un poco y me di cuenta que el pendejo estaba por explotar. Enseguida me propuso que le mostrara la colita. Así que me tiré sobre la cama, me levantó la pollera, se sentó sobre mis piernas y se empezó a pajear sobre mis cachas. Me acariciaba la cola por encima y por debajo de la bombacha. Me encantaba cuando disimuladamente me pasaba sus dedos por el agujerito de mi culito. No tardó mucho en acabar y dejarme toda su lechita sobre la cola. Podía sentir la tibia humedad traspasando la tela de la bombacha.
Parece que él no esperaba acabar tan rápido, medio que se sonrojó, no habían pasado ni cinco minutos. ´Es que estás muy buena´ me decía. Yo le pedí que busque la cámara que estaba en el bolso y me saque una foto así después te la mostraba a vos. Después me saqué la bombacha acabada y la dejé a un lado de la cama, me senté en el borde y lo acomodé a Juan de pie frente a mi. Volví a masajearle la verga que ya estaba flácida y enseguida volvió a hincharse. Se fue poniendo mas y mas durita con cada caricia. Ya no quedaba tiempo y yo quería algo más. Me acerqué un poco a él y me fui metiendo esa pija dura en la boca. Tenía ese sabor agrio de la paja anterior pero igual era deliciosa. Me la devoré entera. Me la metía toda en la boca y lo escuchaba gemir de placer. Él me empujaba la cabeza para que la trague hasta el fondo. Se la chupé, se la lamí hasta hacerlo estallar de nuevo. De un empujón me acostó sobre la cama. Se lanzó sobre mí y me volvió a meter todo su miembro hinchado en la boca. Ahora era él el que subía y bajaba sus cadera para cogerme por la boca. Yo trataba de frenarlo un poco porque estaba desesperado, pero me gustaba mucho tener esa pija entre mis labios. Sentí que estaba por acabar de nuevo, él intentó sacar su pija de mi boca pero se la agarré y la seguí chupando con ganas. Yo lo miraba y él no podía aguantar más. Era muy gracioso ver su cara de placer. Sentí su verga hincharse más en mi boca y la saqué jústo a tiempo para que comenzara a descargar toda su leche en mi cara. Me baño de semen tibio y viscoso sobre la nariz, mejillas y ojos. Era una máquina de escupir leche, jeje. Ahora fue él el que me pidió sacarme una foto para el recuerdo y obedecí sin siquiera soltarle la verga. Fue muy excitante, terminé toda mojadita. Enseguida fui al baño para limpiarme y estar lista para vos."

-¿Y las fotos? -pregunté con insistencia.
-Acá estan -dijo mientras se levantaba -yo te espero en la habitación.

La bombachita de mi mujer llena de leche
María bañada en el jugo de Juan, quien también dejó su rastro en mis sábanas

domingo, 17 de agosto de 2014

El inicio

Yo tenía 19 años y mi hermana iniciaba sus 18 cuando nuestros padres nos comunicaron que el primer fin de semana de diciembre se irían solos a la costa a buscar un departamento para alquilar en el verano. Varias fueron las recomendaciones para nuestra primera experiencia en soledad con mi hermana, pero por sobre todo, nos pidieron que no saliéramos y nos quedásemos en casa. Orden que cumplimos muy a pesar nuestro.

Cenamos, miramos una peli de terror que daban en la tele y nos fuimos cada uno a su habitación.
Yo estaba escuchando música en los walkman, cuando la puerta de mi cuarto se abrió lentamente y la figura de mi hermana abrazada a su almohada entró al dormitorio y se quedó parada en el medio de la habitación.

-¿Qué pasa?- pregunté sabiendo la respuesta.
-Tengo miedo- contestó confirmando mi sospecha. – ¿Me puedo quedar acá, con vos? Dale, porfa. Me traigo el colchón y lo tiro al lado de tu cama, ¿si?- dijo con su mejor cara de ángel.

Recordé a mi madre sermoneándome para que cuide de mi hermanita durante su ausencia y accedí a su pedido sin decir una palabra. Ella trajo su colchón y se sentó sobre él con sus piernas cruzadas. Llevaba una camiseta que alguna vez fue color amarilla y unos pantalones muy cortitos de pijama.
-¿Tenés alguna peli interesante para ver en video?- preguntó con una sonrisa- No de miedo, por favor.

Le señalé con la cabeza el último cajón de la cómoda mientras me ajustaba los auriculares para retomar la canción que estaba escuchando. La vi gatear hasta el mueble y abrir el cajón.  Yo volví a mi mundo musical desentendiéndome de ella. Terminó la canción y mi hermana estaba sentada de espaldas a mí, con el cajón abierto, como leyendo algo. Inmediatamente recordé que hacía poco había mudado mi “caja secreta”, donde guardaba algunas revistas y videos porno, a ese mismo cajón.
-¿Pasa algo?- pregunté simulando fastidio como para no alertarla.

Se dio vuelta y me mostró aquello que yo ocultaba. Unas revistas y videos porno que guardaba con celoso cuidado. Luego volvió a meter la mano en el cajón y sacó un VHS que en la solapa decía “XXX”.
-¿Vos mirás esto?- me interrogó.

-¿Qué te importa, pendeja?- contesté enfadado pero vergonzoso –Dejá esas cosas ahí.  ¿Qué tenés que revisar?- la increpé
-¡Ay! Bueno, nene…  ¿Mamá sabe que tenés esto escondido?- dijo con tono entre sorna y amenaza. Inmediatamente estiró su brazo  que en su mano sostenía el video. –Quiero verlo.– ordenó con voz firme y convencida.

Luego de algunos breves intentos de convencerla de que no los viera, accedí a su pedido con la promesa de que todo aquello quedaría reservado a nosotros dos y que no habría nunca una amenaza de contarlo a nuestros padres.
Puse el video editado especialmente con una selección de mejores escenas de cine porno. Como un gran compilado de dos horas de mamadas, folladas, orgías, lesbianas y acabadas por doquier. Mi hermanita se quedó sentada en mi cama viendo con mucha atención lo que pasaba en la pantalla. Yo volví a mi música pero mi vista se repartía entre los gestos que hacía mi hermanita y la pantalla de la tele. De a poco me fui relajando y acostumbrando a la situación. Cuando me quise acordar ya tenía una erección bastante importante en mis pantalones. Fue en ese mismo instante que ella se dio vuelta para hablarme y no pudo evitar notar la prominencia en mis pantalones. Se quedó mirándome unos segundos con su boca entreabierta, guardando las palabras que iba a pronunciar. Yo traté de disimular mi estado, pero ya era tarde.

-¿Qué te pasa?- le pregunté tratando de aparentar molestia por su mirada. Ella me contestó con una sonrisa pícara y sus ojos brillantes y no pude evitar sonrojarme.
-¿Vos te masturbás mirando esto?- me interrogó con sincera inquietud y sin el ánimo habitual de fastidiarme. Yo no tenía respuestas, me había sorprendido, me había descubierto. No podía reaccionar y esa pregunta fue un golpe de knock out. -¡Ja! ¡Sí, sí! Acerté. Te masturbás viendo ésta peli. Te re-descubrí, nene. ¿Me mostrás cómo hacés?- concluyó ante mi mirada de estupor, totalmente avergonzado por haber quedado tan expuesto.

Yo no caía en lo que estaba pasando. Ella se dio vuelta y se quedó sentada mirándome. Yo ya no intentaba cubrirme y mi erección no cedía. Mi hermana me apuró con la mirada para que le mostrara como me pajeaba. Y en un instante de insensatez reaccioné con una propuesta que nunca antes se me había cruzado por la cabeza.
-Bueno, yo te muestro, pero vos tenés que colaborar sacándote algo de ropa. Mostrame vos también algo, che- la desafié a ver si así, quizás, desistía de su pedido.

-Bueno- contestó sin que se le moviera un pelo. Se puso de pié y de espaldas a mi, observándome por sobre su hombro, se fue agachando mientras se bajaba el pequeño pantalón. Su bombacha comenzó a asomar y ella, disimuladamente se la acomodó para que se le metiera en el orto. Cuando el pantalón terminó de caer, su bello y firme culo quedó expuesto con la bombachita metida bien en la raya. Mi verga dio un salto en mis pantalones avisándome que ahora me tocaba a mí. Me paré en la cama y me saqué el pantalón y calzoncillo todo junto dejándole a mi hermanita el novedoso paisaje de mi pija dura ante sus ojos. Inmediatamente me saqué la remera y quedé completamente desnudo.
Podía sentir los ojos de mi hermana observando mi verga rígida. Me acomodé sobre el colchón y tomé mi pija con mi mano derecha. Primero estiré la piel hacia abajo para descubrir mi glande bajo la curiosa mirada de mi hermanita. Hice el movimiento despacio algunas veces y luego a mayor velocidad. Ella observaba como me pajeaba mientras  yo la miraba como uno de sus hombros había dejado caer el bretel de la camiseta permitiéndome ver sus tetas redondas, enormes y blancas. Ella estaba agachada con sus manos y rodillas apoyados en la cama para observarme y la remera colgaba en su escote y la imagen sus tetas me excitaba muchísimo. Fueron unos pocos minutos y solté mi miembro, la situación me excitaba demasiado y sentía el orgasmo bastante cerca. Ella reprochó mi decisión con un gesto de enfado y sorpresa.

-¿Eso es todo?- preguntó decepcionada. -¿No pasa nada mas?- ella sabía que allí no terminaba la cosa pero simulaba con sensual inocencia.
-Bueno… - intenté responder y pensar en cualquier cosa para bajar mi calentura –Si seguía un poco más iba a acabar.

-¿Y? ¡Dale!- dijo con tono imperativo – Terminá. Llegá hasta el final. Yo quiero ver todo.
-Bueno, pero no quería acabar antes de que vos pruebes como es– trataba de escapar a la situación, pero cada vez me enterraba más. -¿Querés probar vos? – y, sin medir ninguna consecuencia, la invité a que fuera ella quien me masturbara.

Muy despacio la tomé de la muñeca y llevé su mano hacia mi verga, inmediatamente sentí un escalofrío recorriendo mi espalda apenas sus dedos rozaron mi miembro. Ella me sonrió temerosa y su mano fue abrazando suavemente mi pija caliente. Todos los pensamientos que quería disipar se hicieron más fuertes y decidí entregarme por completo. Mi hermanita comenzó a repetir los movimientos que yo le había enseñado, primero con delicadeza y luego con mayor intensidad. Yo la miraba extasiado e incrédulo de lo que pasaba. O bien yo estaba muy caliente o ella me masturbaba con maestría. Sus manos suaves recorrían toda mi verga que se hinchaba más y más con cada vaivén de su puño. Ella no apartaba la vista de mi glande, ya descubierto del todo, éste iba poniéndose cada vez mas morado por la hinchazón de mi miembro. El orgasmo volvió a aparecer allá a lo lejos, sabía que tenía unos segundos para poder interrumpir todo antes de la explosión. Tomé nuevamente su muñeca y frené su brazo que se sacudía mi pija con enérgico entusiasmo.

-¿Y ahora qué pasa?- preguntó. –Podía sentir que tu ver… ejem… pene se estaba poniendo más duro y caliente. ¿Ya estabas por terminar, no?- hizo un breve silencio y continuó -¿O te estaba haciendo doler?– preguntó entre defraudada por la interrupción y conmocionada por el momento que estábamos viviendo.

-Todo bien…- trate de que mi voz sonara lo más neutral posible –Más que bien, diría yo. Pero no quería que terminara todo tan rápido. Todavía hay algo que quisiera que aprendas.
Mi pequeña hermana con sus bellísimos y profundos ojos azules me miró con intriga.

-¿Te animarías a chuparla?- le dije y sentí un calor intenso recorriendo mi cuerpo y encendiendo mis mejillas. Si ya habíamos llegado hasta allí, bien podríamos ir un poco mas lejos, pensé. Ella dudó un instante que se me hizo eterno y luego asintió con la cabeza y una sonrisa volvió a dibujarse en sus labios. Aunque sus mejillas también adquirieron esa tonalidad rojiza producto de la vergüenza.
Gateó sobre el colchón para acercarse un poco más a mi. Yo la tomé con delicadeza de su cuello y la fui guiando despacio hacia mi pija que estaba rígida como roca. Ella entendió mi señal y se corrió el pelo hacia un costado para que pudiese verle la cara mientras se acercaba cada vez más a mi verga.

Sus labios se iban separando a medida que su boca se aproximaba a mi miembro. Fue entonces que sacó su lengua y el roce de ella con mi verga hizo que me estremeciera. Lentamente mi pija se fue perdiendo en la pequeña boca de mi hermana. Sólo pudo introducir la mitad y volvió a subir. Nuevamente la empujé del cuello hacia abajo y ella obedeció sin sacar mi chota de su boca. Su cabeza comenzó a subir y bajar cada vez más rápido. Podía sentir su lengua jugando con mi glande hinchado y recorriendo cada milímetro de mi carne dentro de su boca. La observaba mamándome con sus ojos cerrados y disfrutando de mi verga llenándole las fauces. La excitación volvió a invadirme con más fuerza. Tratando de evitar un final inminente, desvié la mirada de su cara para buscar alguna distracción. Giré mi cabeza hacia la derecha pero mis ojos se encontraron con su culo firme, carnoso y perfecto. Ella había arqueado su espalda y su cola asomaba deliciosa, vestida sólo con su bombachita. Estiré un poco mi mano y comencé a acariciarla. Primero por fuera y luego dentro de su bombacha. Sobre su piel blanca, inmaculada y suave, mis dedos se deslizaban despacio y con ternura. Fui bajando por su raya hasta encontrar su conchita. Estaba caliente y sus labios totalmente cerrados. Mi cabeza volaba imaginando el rosado interior del sexo de mi hermanita. Me estiré aún más y llegué con mi mano hasta su pubis y acaricié y sentí el escaso y suave vello que lo cubría. Retrocedí un poco con mis dedos y, abriendo sus labios, pude llegar con la yema hasta su clítoris. Mi  hermana acusó mi descubrimiento y un leve temblor se apoderó de ella. Sacó mi pija de su boca y se dedicó a lamerla despacio y a tratar de ver de reojo lo que sucedía en su entrepierna. Masajeé con mis dedos los pliegues de su sexo mientras que con la palma de la mano presionaba y frotaba toda su vulva. Podía sentir cómo la humedad de su interior se escurría en mi mano. Sus piernas se sacudían y la temperatura en su cuerpo subía. Su respiración se entrecortaba mientras sus mejillas se enrojecían por la excitación o, quizás, también por vergüenza.
Por primera vez la oí gemir a mi hermana, quien ya había desistido de chuparme la pija y estaba entregada a mí. Con sus ojos cerrados y mi verga apoyada en su mejilla, era ella la que ahora estaba siendo masturbada por su hermano. Intensifiqué los movimientos y las caricias, procurando no tentarme a introducir demasiado mis dedos en su interior. Sus gemidos fueron creciendo, ella movía rítmicamente sus caderas y yo deliraba de placer frotando su intimidad y llegado a lugares inexplorados de su sexo. Su clítoris hinchado y rígido era el lugar preferido para mis caricias. Los gemidos le cedieron pasos a los gritos y jadeos y podía sentir su piel de gallina. Con pequeños grititos ahogados se anunciaba la inminente proximidad del clímax. Mi pequeña hermana no pudo -ni supo -contener su orgasmo que llegó con fuerza y humedad. Una profunda exhalación se escapó entre sus labios y sus puños se cerraron arrugando las sábanas de mi cama. Tenía los ojos fuertemente cerrados y un rictus de placentero sufrimiento inundó su rostro. Una tibia humedad comenzó a apoderarse de mi mano. Su orgasmo hecho viscosidad se derramó entre mis dedos mientras yo observaba su juvenil trasero seguir meneándose suave y sensual con mis caricias.


Jamás lo hubiese imaginado: Masturbar a mi hermana, que yacía totalmente extasiada sobre mi regazo. Su grito de placer final, toda esa excitación hecha humedad desparramándose en mi mano y su incipiente sonrisa de felicidad que comenzaba a asomar en su rostro provocaron que terminara de explotar. Ella no me tocaba, sólo mi verga estaba apoyada en su cara. Sus gritos aún no se habían acallado cuando sentí mi miembro endurecerse como nunca antes, un fuego emergió de mis testículos y una explosión de placer se produjo en mi verga. La primera descarga salió con tal fuerza que impactó por completo en mi pecho. Inmediatamente mi hermana se percató de la situación y abrió sus ojos para ver lo que me sucedía. Mantuvo su cabeza en el mismo lugar, dejó que mi verga golpease  su rostro y expulsara un segundo chorro de leche que se desparramó entre su cabello y su oreja. No pudo contener una risita nerviosa al sentir mi jugo comenzando a salpicar sus mejillas. Con su mano comenzó a masajear mis huevos, le divertía y disfrutaba de la situación y quería provocarme más. Sus caricias tuvieron éxito y una nueva explosión de espeso semen cubrió buena parte de su cara y salpicó sus labios. Ella separó un poco su cabeza para poder ver bien mi verga que siguió expulsando jugo pero ya sin tanta fuerza. Las gotas de leche salían de la punta de mi pija y se escurrían por el tronco ante la atenta mirada de mi hermanita. Ella soltó mis testículos y cerró su puño en torno a mi miembro y comenzó a apretarlo con fuerza con movimientos hacia arriba y abajo para intentar sacar todo el líquido que pudiera contener. Unas últimas gotas emergieron y se derramaron sobre sus dedos. Cuando ya no quedó nada dentro y mi pija comenzaba a desinflarse, ella la soltó abriendo su mano bañada en mi leche. Me regaló una sonrisa enorme y plena de satisfacción. Yo le devolví el gesto y con una caricia fui limpiando su rostro salpicado de mi semen. Las blancas y enormes gotas se desparramaban con mayor abundancia en el lado derecho de su cara y en su barbilla.
-¡Estuvo buenísimo!- dijo emocionada. –Jamás pensé que se podía sentir algo así. Tampoco me imaginé que podíamos hacer algo así –continuó sin evitar sonrojarse por la vergüenza –Si mamá y papá se enteran nos echan de casa.

Yo no podía hablar, mi cabeza era un torbellino de culpas y placer.  Ella se levantó, tomó su remera y salió de la habitación. Yo seguí sus pasos. Ambos ingresamos al baño, al mismo baño por el que tantas otras veces habíamos peleado por ver quién entraba primero, ahora lo compartíamos. Yo me paré frente al espejo, abrí la canilla y comencé a lavar mi miembro. Ella, en cambio, abrió la ducha y luego se sentó en el inodoro. Yo la observaba mientras me limpiaba. Se sacó su bombacha y la dejó a un lado de la bañera para luego meterse bajo el chorro de agua.
-Vení a lavarte acá, salame –me invitó sonriente a meterme bajo la ducha –No seas asqueroso de lavarte ahí.

Cerré la canilla del lavabo y me metí en la ducha con ella. Estaba con su cabello completamente mojado y me sonreía todo el tiempo. Yo tomé el jabón y me limpié. Ella se dio vuelta y no pude evitar mirarle el culo empapado. Me miró de reojo y me avergoncé de que me descubriera observándola.
-¿Me lavás la espalda?- me dijo y obedecí.

Pasé jabón por su espalda mientras ella corría su pelo rubio. Fui bajando hasta llegar a su culo que lo acaricié y lavé con mayor dedicación. La oía reír.
-¿Te gusta mi cola, no?- me dijo sabiendo que su culo era algo realmente espectacular.

-Me encanta- conteste sin separar mi mano de sus redondas y firmes nalgas.
Se dio la vuelta y quedamos frente a frente. La miré a los ojos y luego me distraje con la espuma del shampoo que fue descendiendo por su cuello y luego por sus pechos, esquivando y rodeando sus pezones y llegando hasta su diminuto y alargado ombligo. Luego se detenían en el suave vello de su conchita para formar una gota de jabón y quedar prendida de sus apretados labios vaginales.

Ella tomó el champú, se frotó sus manos hasta formar abundante espuma. Dobló sus rodillas quedando en cuclillas y con sus palmas enjabonadas comenzó a lavar mi miembro. Primero el tronco y luego mis huevos. Sus dedos acariciaban con delicadeza cada poro de mi piel. No habían pasado ni diez minutos y mi pija volvió a endurecerse. Me enjuagó la verga que ya comenzaba a inflarse más y más.
-Mmmm… -suspiró levantando su mirada para mirarme a los ojos – parece que hay alguien que quiere seguir divirtiéndose.  ¿No te alcanzó con lo de recién? –preguntó con cierta sorna. Yo negué con la cabeza y ella continuó diciendo –Mirá que me bañaste de leche ¿eh?, chanchito. –nuevamente sus mejillas se encendieron y no pudo evitar soltar una risa nerviosa que intentó tapar con su hombro porque sus manos seguían acariciándome.

El agua le golpeaba en la cara y ella entrecerraba sus ojos pero me sostenía la mirada. Luego fue abriendo su boca, lentamente llevó mi pija dura y se la introdujo entera en ella. Chupó con devoción mi miembro. Por momentos no parecía una principiante. Sus mejillas se inflaban y desinflaban cada vez que se mi verga entraba y salía de su boca. Su lengua viboreaba frenética recorriendo y saboreando mi carne. Mientras me masturbaba con ambas manos, con la yema del dedo pulgar acariciaba la unión entre la piel y la cabeza de mi pija. Eso me erizaba la piel, pero los  pequeños y suaves mordiscos que me propinaba en mi glande hacían hervir mi sangre.
-¿Así te gusta?- preguntó con voz sensual –A mi me encanta hacerte esto.

-Está perfecto –le dije con un hilo de voz por la excitación –Toda una experta.
-Es la primera vez que lo hago –confesó – Estoy repitiendo lo que vi que hacían las putas esas en el video… -hizo un breve silencio y luego concluyó con una amplia sonrisa dibujada en el rostro –Ahora yo soy tu putita, jeje

Ésta vez no me quise contener. Sin quitarle los ojos de encima, me dejé llevar y me entregué a nuestros placeres. Dejé que mi hermana hiciera lo suyo, que se comportara como una verdadera puta. Mi verga se infló nuevamente a su máxima capacidad, ella lo sentía en su lengua y en su garganta que se hinchaba cada vez que se introducía toda mi pija en ella intentando tragarla entera. Estaba muy entusiasmada, pero por momentos se provocaba arcadas por intentar llegar tan profundo. Me dedicó una última sonrisa antes de quedarse con la boca completamente abierta frente a mi pija. Me siguió pajeando con vehemencia intentando llevarme al clímax más intenso. Yo no podía cerrar los ojos. La imagen de mi hermana inclinada ante mí con el agua de la ducha cayéndole en la cara, su boca generosamente ofrecida y dispuesta a recibir todo mi placer era mucho más que lo que pudiera imaginar. Su mano apretaba fuerte mi verga, pero el agua y el jabón permitían que se deslizase fácilmente sobre mi piel haciendo que aquella paja que me propinaba fuera la mejor paja que tendría en mi vida.


-Y ahora quiero saber qué gusto tiene -me dijo con admirable tranquilidad y ante mi mirada de asombro.
Intenté aguantar el orgasmo, pero ello duró unos pocos segundos. Los ojos e mi hermanita me miraban fijos mientras sus pequeñas manos recorrían una y otra vez todo mi sexo. En su rostro no podía distinguir ni el menor atisbo de culpa o angustia, por el contrario, había satisfacción y placer; mientras yo me torturaba pensando en nuestros padres. Pero aquel pensamiento tortuoso, no impidió que mi excitación siguiera su curso hacia el clímax y un temblor intenso me dobló las rodillas, apoyé mis manos con los brazos extendidos en la pared de la ducha mientras ella no dejaba de pajearme con la misma fuerza mientas seguía mirándome con esa sonrisa casi sádica, siniestra, pero extremadamente sensual. El semen comenzó a salir de mi verga en espesos borbotones incontrolables y abundantes que caían por completo dentro de la boca de mi pequeña hermana. Ella siguió frotando con entusiasmo mi pija, obligándome a descargar una y otra vez mi leche en su boca. Podía ver su lengua cubrirse más y más de mi jugo blanco y viscoso. Observaba su garganta inundarse de mi esperma sin el más mínimo gesto de repulsión. Por el contrario, ella disfrutaba de eso. Sus ojos bien abiertos se clavaban en mi, atentos a mi excitación y a mi angustia. Una vez que mi pija dejó de escupir placer, ella se puso de pie con su boca entreabierta dejándome ver con mayor claridad la enorme cantidad de líquido que había acumulado en ella. En un instante cerró sus labios, puede ver su garganta moverse y tragar todo mi jugo aún tibio, y en su rostro un gesto de orgullo.

-Estuvo genial- dijo –Pero… la verdad es que el sabor es bastante agrio- inmediatamente se dio vuelta, con su rostro hacia la lluvia de la ducha, abrió su boca e hizo un buche para enjuagarse con agua que luego escupió delicadamente procurando que no pudiera observarla en ese gesto tan poco femenino. Volvió a quedar frente a mí, me abrazó por el cuello y apoyó su cuerpo contra el mío. Podía sentir sus pezones presionando por debajo de mi pecho y mi verga chocando contra su vientre.
-Te quiero mucho, hermanito. Gracias. La pasé realmente muy bien y aprendí un montón- me dijo tiernamente y apoyó sus labios sobre los míos. Instantáneamente, como por reflejo, yo atiné a abrir la boca. De inmediato pude sentir su lengua tibia introducirse en mi boca. Por más que se había limpiado, aún podía sentirse el aroma del semen. No hice gesto ni comentario alguno al respecto, sólo dejé que me besara dulcemente con sus ojos cerrados. Nuestras lenguas se acariciaron por un rato mientras mis manos recorrían su cintura y acariciaban la perfecta redondez de su culo.

Volvimos a la habitación y nos quedamos dormidos uno al lado del otro en mi cama sin decir más nada. Ese sería nuestro gran secreto.

domingo, 8 de junio de 2014

La trampa (segunda parte)

Totalmente abatido e inmerso en mis pensamientos, perdí por completo la noción del tiempo. Al escuchar la risa de mi mujer que provenía del pasillo, intenté sobreponerme rápidamente y fingir que todo estaba superado.

Ambos ingresaron a la sala, pero recién pude verlos cuando se encontraron a mi lado. Me sorprendió ver a mi mujer completamente desnuda y Diego vestido aún con mi remera. A los dos se los notaba felices y relajados, con caras de cansancio pero sonrientes. María me sacó la mordaza y yo intenté simular una sonrisa pero ella de inmediato se dio cuenta de todo lo que me pasaba. No hizo falta ninguna palabra, sólo me miró fijamente y leyó todos mis pensamientos.

-Voy a intentar sacarte la mufa -me susurró al oído.

María comenzó a aflojar mis ataduras, pero Diego la interrumpíó con un gesto. La cuerda que sujetaba mi pecho quedó suelta mientras que las que sostenían mis manos y piernas siguieron firmes y bien sujetas. Los miré a ambos intrigado por saber qué estaban tramando.

-Todavía no -dijo nuestro amigo mientras revisaba la cámara que había traído de nuestra habitación.

Mi mujer se quedó de pie frente a mi, mirándome con cierta lástima pero también con ojos mórbidos, se arrodilló delante mío y comenzó a acariciarme. Mi verga que ya se había aflojado, de inmediato dio un salto y volvió a recuperar la hinchazón.  Sus manos se sentían calientes y transpiradas. Mi miembro se derretía entre sus dedos y la excitación se apoderó de todo mi cuerpo. Ella jugaba con todo mi miembro desde mis huevos hasta mi glande. A mi cabeza volvieron los recuerdos de ella montando la pija de nuestro amigo y esas sensaciones encontradas me provocaron una explosión repentina y sorpresiva que no pude controlar. Mi verga comenzó a escupir leche y a chorrear los dedos de mi esposa que continuaba masturbándome sin detenerse. Mi jugo caliente y espeso se derramó entre sus dedos, cayendo en gruesas gotas sobre la silla.

María me pajea y es imposible contener mi explosión de leche
Sus manos recorren todo mi miembro estremeciéndome por completo
Tanta tensión previa, tanto sufrimiento y la enorme excitación contenida me habían agotado. me sentía muy cansado y agobiado. Mi mujer me rodeo mientras acariciaba mis hombros y se detuvo a mis espaldas. Yo esperaba que comenzara a desatarme. Diego había desaparecido, no sabía dónde estaba, suponía que habría vuelto a la habitación para cambiarse. Podía sentir a mi esposa detrás mío, pero no estaba aflojando las sogas.

-¿Qué te pasa que no me desatás? -pregunté molesto -¿Vas a tardar mucho más?

Sentí las manos de ella apoyarse en mis hombros. Luego asomó su cabeza y me besó en el cuello.

-Sos tan lindo y tan cabrón a veces -dijo burlándose. -Te quiero t- tan- to...

Su voz sonaba rara, entrecortada, cómo si estuviese corriendo. Dejó su cabeza apoyada en mi hombro y comencé a sentir pequeños empujones en mi silla. Inmediatamente me di cuenta de lo que sucedía. No podía ver lo que pasaba a mis espaldas, pero seguramente Diego no estaba en la habitación como yo pensaba. Se estaba follando a mi esposa nuevamente. Y ella estaba encima mío.

-¿Qué pasa ahí? -dije en voz alta y enfadado.

-Me la está poniendo de nuevo -me susurró María en mi oído, y mi piel se erizó en todo el cuerpo. -Está tan dura y gruesa que llena toda mi conchita. -su voz se oía muy sensual y lujuriosa. Yo no podía hablar, mi garganta era un nudo. -Puedo sentir cada vena de su pija rozando en mi interior... me encanta...

El golpeteo de las caderas de Diego contra mi mujer se escuchaban claramente y acompañaban con pequeños empujones sobre mi silla. Yo intentaba girar mi cabeza lo más que podía, pero apenas podía ver sus sombras detrás mío.

María jadeaba y gemía en mi oído y los empellones de nuestro amigo eran cada vez más fuertes que hasta desplazaban mi silla.

-Mmmm... voy a acabar otra vez.. -murmuró y la humedad se sentía hasta en su voz -¿Estas preparado? -me preguntó tartamudeando.

-¿Preparado para qué? -intenté responder con enfado pero mi voz casi era imperceptible.

María se incorporó y me soltó, los golpes y empujones cesaron y ambos volvieron a pararse delante mío. Mi esposa apoyó sus manos en mis piernas, bajó su cabeza y comenzó a chuparme la pija que aún tenía los restos de mi acabada anterior. No hizo falta demasiado para recuperar la erección de mi miembro, ella sabía perfectamente lo que hacía y cómo me gustaba que lo hiciera. Yo la observé atentamente y me entregué al placer de su boca. Pero ese instante de felicidad duró poco. Diego estaba parado detrás de ella, la tomó de su cintura y ella levantó su cola y abrió las piernas para permitirle a nuestro invitado que la volviera a penetrar. Diego agarró su verga y la fue metiendo con cuidado en la concha de mi mujer que seguía devorándome mi pija. Nuestro amigo comenzó nuevamente a empujar sus caderas contra la cola de mi esposa y a follarla por tercera vez. Pero ahora, lo estaba haciendo ante mis ojos, sin importarle mi opinión ni mis sensaciones. El la penetraba con fuerza, aferrándose a las caderas de ella, mirándome con soberbia, con lujuria, como burlándose de mi situación. Humillándome.

María estaba demasiado excitada cómo para aguantar mucho tiempo aquella impresionante follada que le estaba propinando su cómplice. Para entonces ya me había acostumbrado a esa mezcla de sentimientos y podía convivir con esa ira que sentía por haber sido engañado, esa humillación a la que había sido sometido y esa angustia de ver a mi esposa disfrutando y gozando intensamente con otro hombre sin que yo pudiera hacer nada. María dejó de chupar mi verga y apoyó su cabeza en mis piernas. Su respiración era entrecortada, con la boca abierta y los ojos bien cerrados jadeaba y gemía. Sentía su aliento caliente en mis muslos y sus uñas se hundían en mi carne por el esfuerzo de aguantar su cuarto orgasmo en la noche.

-N-nno... n-no pue-do más... -intentó balbucear, pero el orgasmo le ganó la batalla y estalló en un grito húmedo y profundo de placer. Verla en ese estado tan alto de excitación me hizo volar la cabeza y mi verga se hinchó aún más y mi glande se volvió más morado. Diego, que había sido la causa de todo, también acusó la imagen de mi esposa y la potencia con que había logrado su último orgasmo y tampoco pudo contener su excitación. Sacó rápidamente su pija de la concha caliente de mi mujer y comenzó a descargar en chorros abundantes (muy abundantes) y espesos de leche sobre el trasero y espalda de ella. allí me di cuenta que la había estado cogiendo sin preservativo y eso me hizo temblar y la angustia volvió a ganarle a la excitación. Mi esposa no pudo más y se desplomó sobre mi, sus piernas se doblaron y se arrodilló en el piso, mientras las últimas gotas de leche salían del miembro de Diego para caer en el suelo de la sala.

María levantó su cabeza y me miró fijamente, sus ojos cansados y mas azules que nunca me observaban profundamente.

-Jamás en mi vida tuve un orgasmo cómo el de recién -confesó -Jamás. Fue algo increíble. Gracias... gracias a los dos.

Sus palabras sonaron sinceras y honestas. Yo seguía tratando de contener mi rabia por todo lo que había experimentado tratando de consolarme con todos los momentos de alta excitación que había vivido.

-¿Cómo estás? -me preguntó Diego mientras mi mujer se levantaba y se perdía en el pasillo rumbo al baño.

-No sé -respondí y me sorprendió lo calma que sonó mi voz -La verdad es que no puedo saberlo, son muchas cosas las que me pasaron.

-Pero, ¿te gustó?¿La pasaste bien? -insistió al tiempo en que se subía el pantalón.

-No te puedo decir ahora... -contesté dudando -Por momentos no la pasé nada bien. No me lo esperaba. No estaba preparado... no sé. Quizás te pueda responder la próxima vez que nos veamos, una vez que haya digerido todo.

Diego se sonrió, se terminó de vestir y se fue feliz de haber logrado lo que quiso desde el primer momento que lo invitamos. Follarse a mi mujer.


sábado, 7 de junio de 2014

La trampa (primera parte)

Me confié demasiado y confié demasiado en ellos. Me descuidé.
Acepté la propuesta y dejé que ella me convenciera con su encanto y su sonrisa seductora, haciéndome creer que estaba improvisando una nueva experiencia. Pero finalmente caí en una trampa armada por ellos y me sentí humillado, traicionado y sumamente imbécil.

La visita de Diego, como tantas otras veces, había sido casual (eso fue lo que me hicieron creer). Cenamos, conversamos, repasamos experiencias, bebimos y fumamos. Hasta allí nada fuero de lo habitual de nuestros encuentros. Sabíamos que luego sucedería algo, pero yo pensaba que sería el mismo juego de siempre: Conmigo mirando como ellos se acariciaran o, incluso que María le chupara la verga a él o Diego masturbara a mi esposa. Nunca había sido más que eso. Como un juego amoroso y de pre calentamiento cómo para que luego, ella y yo, tengamos sexo intenso a solas.

Pero ésta vez, dejé que ella llevara las riendas e impusiera las condiciones. Me convenció de atarme a una silla que cuidadosamente colocaron frente al sofá. Me pidió que me quitara la ropa. Mientras ella me ataba cuidadosamente con mis manos por detrás del respaldo y luego mis piernas atadas a las patas de la silla, nuestro amigo hacía algo detrás mío que no podía ver, puso un disco de los Stones y encendió el televisor. En ese momento no me llamó la atención, porque yo estaba muy atento a cómo me estaba atando mi esposa con tanto cuidado. Cuando estuve inmovilizado por completo, ella trajo unas medias y un pañuelo con los que me amordazó. Yo intenté evitarlo y decirle que eso no, pero con caricias y besos, María me fue seduciendo y yo me fui entregando a sus deseos.

Ella miró a Diego que estaba fuera de mi vista y él se acercó para controlar las ataduras y la mordaza en mi boca. Luego, ambos se colocaron a mi lado y entre los dos giraron la silla dejándome justo enfrente del televisor encendido pero con la pantalla azul. Luego vi la cámara a un lado, colocada sobre un trípode y caí en la cuenta de que nada había sido improvisado y que todo estaba previamente pensado. Traté de frenarlos con gestos. Intenté desatarme y girar mi cabeza para sacarme la mordaza, pero me fue imposible. Estaba totalmente a merced de ellos y no podía decirles que esa situación no me gustaba para nada.

Intenté relajarme, pensar en qué sería lo siguiente. Supuse que encenderían la cámara que apuntaba al sillón y ellos se manosearían allí, a mis espaldas, pero que yo los vería por la tele. Pero entonces, Diego se acercó a la cámara y se la llevó, allí recién me percaté de un extenso rollo de cable que se fue desarmando mientras ellos llevaban la cámara hacia el pasillo. Escuché una puerta cerrarse y la angustia comenzó a hacerse sentir en mi estómago. No podía creer cómo había podido llegar a car de manera tan inocente e infantil en aquella trampa.

Yo miraba atentamente el televisor que continuaba con la pantalla azul y la leyenda "AV" en una de sus esquinas. Ya hacía varios minutos que se habían encerrado en la habitación y no habían encendido la cámara. Era inevitable sentirme un completo imbécil imaginando las cosas que estarían haciendo sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Traté de calmarme, pensando que María jamás haría algo que me pudiera lastimar, ella me amaba y sólo tenía sexo conmigo, esa era la condición fundamental. Ella jugaba y chichoneaba con nuestros amigos, pero jamás iría más allá de eso. Se me cruzaron por la cabeza miles de imágenes de mi mujer con Diego; situaciones que habíamos vivido antes. Él acariciando y besando sus tetas, pellizcando sus pezones... Ella chupando y lamiendo su miembro rígido.

¿Cuánto tiempo había pasado ya? Entre mis pensamientos y mis miedos ya había perdido la noción del mismo. Y en mi cabeza seguían esas escenas que tanto me habían excitado de ellos juntos.

Entonces sucedió. El televisor parpadeó y la pantalla azul cambió por la imagen de mi habitación, de NUESTRA habitación. Se veía la cama de frente y sobre ella, recostada y sonriendo, estaba mi esposa vestida con un conjunto que yo le había regalado en alguna ocasión. Una bombachita y una musculosa negras. Luego apareció Diego, ya desnudo de la cintura para abajo, pero con una remera mía, lo cual me enfureció aún más. "Todo planeado... todo meticulosamente planeado, tenían éstos hijos de puta", pensaba mientras observaba cómo ella se arrodillaba frente a él y comenzaba a acariciar es verga que ya estaba rígida de antes.

¿Qué habían hecho antes de que se encendiera la cámara?

María acarició la pija de Diego, luego se agachó despacio y se la fue metiendo en su boca. La chupó y la lamió. La imagen comenzó a cerrarse sobre la cara de placer de mi mujer saboreando aquel tozo duro de carne. Pude ver que Diego tenía algo en su mano: el control remoto de la cámara para manejar el zoom. No habían perdido detalle. Eso me generó más bronca. Pero María seguía devorando aquella verga de manera tan sensual y majestuosa como siempre. Y todo el enojo y angustia que tenía no pudo evitar que mi pija también comenzara a crecer y a endurecerse con aquella escena.

María recorre íntegramente la pija de Diego. Metiéndosela toda en su boca

Ella espía sobre su hombro mirándo la cámara. Arquea su espalda para mostrarme su bello trasero

Diego sabe que no puedo hacer nada y acaricia el culo de mi mujer que disfruta de su verga
Me olvidé por un momento de mi situación y me excité observando a mi esposa comiéndose y jugando con la pija de nuestro amigo. Yo sabía que a ella le gustaba esa verga, nunca me lo había dicho, pero me daba cuenta de cuánto le gustaba. Mi miembro estaba erecto y la excitación me desbordó por unos instantes. Diego empujaba la cabeza de mi mujer sobre su verga para que se la introdujera toda en su boca, mientras miraba y se sonreía a la cámara. Podía escucharla a ella hacer el esfuerzo para tragarse toda esa carne. Quería pajearme, pero mis manos estaban atadas, en ese instante aquellas ataduras me sirvieron para estirar y alargar aquel estado de éxtasis. Podría haber acabado sin tocarme, sólo viendo cómo ellos jugaban y se acariciaban sobre nuestra cama.

Pero de golpe algo me sacudió y me hizo volver a mi angustiante y terrible situación. Diego acariciaba la cola de mi mujer cuando de repente comenzó a quitarle la bombacha. Ella colaboró para quitársela y mi corazón comenzó a latir más fuerte. Mis miedos y pensamientos comenzaron a convulsionarse en mi cabeza y en todo el cuerpo. Un sudor frío me recorrió toda la humanidad. El zoom retrocedió y me ofreció la imagen de ambos semi desnudos sobre mis sábanas. Diego dejó el control sobre mi mesa de noche y tomó algo que había allí que no pude distinguir y se lo entrega a María. 

Diego le quita la bombacha a mi esposa dejando su bello culo desnudo
Era un preservativo. Y todo aquello que revoloteaba y revolucionaba en mi cabeza finalmente explotó. Miedo, bronca, ira, angustia, terror... excitación. No entendía cómo con tantos sentimientos encontrados, mi verga siguiera dura como una roca. Sentía el sudor fría recorriendo mi cuerpo y entrepierna muy caliente. La diferencia de temperatura era notoria. Decidí no mirar más y cerrar los ojos, pero no pude aguantar más que unos pocos segundos. Luego volví mi vista a la pantalla. Ella le estaba colocando el preservativo a él que continuaba mirando a cámara y sonriendo. Sonriéndome, burlándome... Humillándome. Cuando ella terminó de colocárselo, giró su cabeza, miró fijo a la cámara, me sonrió dulcemente, me lanzó un beso largo con sus ojos cerrados.

- Te amo -dijo tiernamente -Espero que puedas disfrutar de ésto cómo lo vamos a hacer nosotros.

Luego apoyó sus manos sobre los hombros de Diego, levantó una de sus piernas para subirse sobre él. Pude ver con claridad su conchita húmeda y caliente, abrirse despacio y voraz para que ella, con una de sus manos sosteniendo el miembro de nuestro amigo, comenzara a introducirselo dentro. Despacio, suave. Con su espalada arqueada y sus piernas abiertas para mostrarle muy bien a la cámara como ese trozo firme de carne comenzaba a perderse dentro de ella. Cuando la tuvo por completo adentro la escuche suspirar de placer y eso fue otro golpe más a mi orgullo.

Ella agarra esa pija caliente y comienza a introducírcela despacio
El miembro hinchado de Diego salía casi por completo para luego embestirla y meterlo con fuerza
- Ah! Qué lindo se siente -la escuché murmurarle a Diego que se aferraba a sus caderas. -Está muy durita, me encanta. -le dijo y yo escuchaba todo con extrema claridad a través del micrófono de la cámara.
-Mmmm... se siente rica tu conchita, ¿eh? -le respondió él -Hoy estás muy linda y me calentás más que nunca.

Quería gritar y no podía, la mordaza en mi boca estaba muy bien ajustada.  Me sacudí un poco para intentar aflojar las ataduras pero me fue imposible. Volví a mirar al televisor y la imagen volvió a sacudirme por completo. Mi esposa cabalgaba con intensidad la verga de Diego, moviendo sus caderas de adelnte hacia atrás,  sus gemidos retumbaban en mis oídos y el rítmico golpeteo de la cama contra la pared me helaba la sangre. Luego ella se inclinó hacia adelante mientras Diego acariciaba su delicioso trasero le decía algo al oído y ella reía entre suspiros de placer. Ahora sus caderas subían y bajaban y me enseñaban como la inmensidad de la verga de nuestro amigo entraba y salía dela concha húmeda y abierta de mi mujer. Los gemidos se transformaron en pequeños gritos, sus movimientos se volvieron irregulares y Diego aumentó la fuerza de sus embestidas para penetrarla con fuerza. El primer orgasmo de ella se acercaba. Yo la conocía y sabia que estaba gozando como nunca.

Intenté calmarme, resignarme a mi situación para bajar mi ansiedad y toda esa angustia que invadía mi cuerpo. Por momentos lo conseguía y por momentos no. Mi miembro seguía rígido entre mis piernas atadas y la excitación me ayudaba a olvidar toda aquella tortura.

María se golpea sus nalgas para hacerme saber lo bien que la estaban follando

Diego acaricia y me muestra como mete su verga dentro de la concha caliente de mi esposa
El primero de los tres orgasmos de mi esposa, llegó de manera intensa y entre fuertes gritos de placer. Con ella subiendo y bajando sobre aquella pija que cada vez parecía crecer más y más. María convulsionaba de placer sobre él mientras que Diego separaba con sus manos las nalgas de mi mujer para mostrarme como la estaba cogiendo y haciendo gozar.

Sin detenerse por aquel intenso clímax, ella siguió moviéndose y sacudiendo su cuerpo sobre la humanidad de nada nuestro amigo que yacía sobre nuestra cama totalmente extasiado. Los dos orgasmos de ella se dieron de manera casi consecutiva, entre gritos y jadeos de placer de ambos. Podía distinguir a través de la cámara como Diego aguantaba su eyaculación con denodado esfuerzo. Sus venas se marcaban en su rostro y cuello.  Sus manos se aferraban con fuerza al trasero de mi esposa que no paraba de moverse sobre él.  Aguantó hasta el tercer orgasmo de María y la acompañó en ese momento, haciendo mucho mas excitante e intenso aquel instante culmine. Yo no podía despegar mi vista de la pantalla e imaginaba aquella explosión de placer llenando el preservativo dentro de mi mujer que gozaba como pocas veces la había visto.

Ella se desplomó sobre nuestro amigo, quien todavía tenía su verga dentro de mi mujer y ambos se abrazaron totalmente exhaustos. Se besaron larga y apasionadamente y eso me estremeció nuevamente, pero todo mi cuerpo ya estaba derrotado y resignado para reaccionar ante aquella situación. Entonces ambos giraron sus cabezas y miraron a la cámara y me sonrieron felices.

-Mi amor -la escuché decir con voz agitada por el esfuerzo físico -La verdad es que nunca acabé como hoy, estoy totalmente mojada... -me decía con voz entrecortada -¡Empapada! -aseguró y se rió junto con Diego. -Espero que hayas disfrutado como lo hicimos nosotros. Diego es un león y me cogió como los dioses. -sus palabras no eran improvisadas, eran elegidas para seguir haciéndome sufrir, lo sabía. pero no podía evitar la angustia y la humillación que me invadía por completo.
-Espero que no te enojes por lo que hicimos -intentó calmarme a la distancia Diego -Sos un capo y te felicito por tu mujer. es una loba. No encontramos otra manera de que pudieras dejarnos hacer ésto. Y, de verdad, es que creo que te gustó y por eso también lo hicimos.

María comenzó a levantar su cola y la pija de nuestro amigo comenzó a salir de su conchita. Ambos me miraban mientras ese miembro se despedía de aquel agujero caliente y caía sobre el vientre de Diego con el preservativo completamente lleno de su jugo. Luego la imagen se acercó por completo sobre la concha abierta y recién follada de mi esposa para terminar de noquearme y dejarme sin aliento y totalmente abatido sobre la silla.
Diego comienza a sacar su verga con el preservativo lleno de leche

La concha de mi esposa recién cogida con sus labios separados y húmedos.
Dejé caer mi cabeza, mientras la pantalla de la tele volvía a ponerse azul. Pude ver mi verga aún rígida, aunque me había olvidado de aquella sensación en los últimos momentos. En mi cabeza los seguía recordando uno sobre el otro... Y las palabras de ella: "Me cogió como los dioses"... su concha abierta y mojada... la verga hinchada de Diego llenando el preservativo con su jugo... los jadeos... los gritos... y el tum-tum de la cama golpeando contra la pared de mi cuarto.

Aquella fue la primera vez que vi a mi esposa follar con otro hombre. Una tortuosa pero a la vez excitante experiencia.

Continúa... "La Trampa (2da parte)"

BONUS: EL VIDEO