viernes, 13 de diciembre de 2013

Espiando a mi esposa

Ya había superado varias pruebas difíciles con mi mujer, viéndola desde cerca disfrutar de otras pijas. Controlando la situación tan sólo con mi presencia y con la contención y el cuidado que ella me transmite con cada mirada o, quizás, con alguna caricia en ese preciso momento del clímax. Yo estaba seguro cuando estaba presente, y nuestro ocasional compañero sabía que debería ir con cierta precaución para no provocar alguna mala reacción en mí.

Una noche de mayo decidimos seguir avanzando en éste sensual juego en el que nos habíamos metido y nos pusimos a pensar en alternativas para conseguir superar esas sensaciones nuevas que íbamos descubriendo con cada encuentro. Nos divertíamos y excitábamos pensando y planeando distintos encuentros.

Finalmente decidimos que yo debía abandonar mi lugar seguro de espectador cercano para convertirme en un fisgón y espiar a mi mujer sin que el otro supiera de mi presencia. Así nos decidimos a invitar a Gustavo, un viejo amigo mío que alguna vez había intentado tener algo con ella (antes de ponernos de novios), pero que no había prosperado. Fue un trabajo de días. Primero ponernos en contacto con él luego de bastante tiempo sin vernos, después de combinar un primer encuentro yo con Gustavo solos para ver en qué andaba y allí organizar una cena en casa. Finalmente él vendría de visita a nuestro departammnto y yo llamaría diciendo que estaba atrasado.

Todo salió de acuerdo a lo planeado. Colocamos la cámara al lado de la computadora en el living, compré varios metros de cable para llevar la imagen hasta un pequeño televisor que coloqué en el lavadero. Allí instalé mi pequeño "bunker de espía". Nuestro amigo llegó pasadas las 8 pm, María le abrió y le avisó que yo estaba atrasado, previamente yo le había mandado un mensaje por celular diciendo que llegaría más tarde.

Me acomodé en una banqueta mientras intentaba oír sus conversaciones mirando atentamente el televisor.

-Disculpame la facha –le dijo ella fingiendo vergüenza –Pensé que el boludo de mi esposo te había avisado que se retrasaba todo –Ella estaba vestida con un camisón cortito, sin corpiño y con el pelo aún húmedo de la ducha.
-Recién me llegó el mensaje –lo escuché decir a Gustavo y luego mintió –Me dijo que viniera igual y lo espere acá, pero vos terminá lo que estás haciendo.
-Sí, quedate, no hay problema. Además hay confianza, che. ¿O ya te olvidaste? –le dijo ella insinuando y provocando su recuerdo de aquella frustrada relación.
-No, no –contestó él entre sonrisas – Imposible olvidarte –concluyó y ambos rieron.

Yo me retorcía y caminaba tratando de ver por la pequeña ventana de la cocina, esforzándome por escucharlos. No habían pasado ni dos minutos, ya había mentido y le había tirado onda. Todo marchaba de acuerdo a lo esperado. Pero… ¿yo estaba preparado para “lo esperado”? Mi corazón latía con violencia, un escalofrío recorría toda mi espalda, mis manos sudaban, estaba ansioso, nervioso. Angustiado. Por un momento me arrepentí de todo, quería llamar por teléfono y terminar con eso, pero debía controlarme y no dejarme llevar por las primeras sensaciones. Me senté frente al televisor, bebí algo de vino y traté de tranquilizarme.Ella lo llevó hasta el sillón. La cámara brindaba un buen plano de la sala, yo tenía el control remoto y podía hacer zoom y cerrar el lente sobre el cuerpo central del sofá. Por el momento tenía el plano general del living. Ella salió por la puerta que llevaba al baño y al dormitorio, los escuchaba hablar y sus voces me llegaban por el televisor gracias al micrófono de la cámara. María le preguntó de su vida, si estaba en pareja y cosas así. Evidentemente ella le hablaba desde el baño. Se escuchaba el zumbido del secador de pelo. Lo vi levantarse disimuladamente del sillón y asomarse despacio y con cautela. Con su mano entornó apenas la puerta y luego se acercó a la mesa a servirse una copa de vino, mientras seguía espiando a mi mujer.

Ella entró nuevamente a la sala, ya con el cabello seco pero con el mismo diminuto camisón, yo sufría con cada mirada de él, la cámara apenas los tomaba de costado, pero veía como la recorría con la vista. Ella se acercó demasiado para alcanzar una copa sobre la mesa. Él, en lugar de correrse y cederle el paso, se quedó parado esperando que ella lo rozara. Inmediatamente su mano libre se levanto y la tomó por la cintura a mi esposa. María no dijo nada, sólo le sonrió y se quedó quieta. El acarició su cintura y su mano fue bajando hasta sus caderas. Mi mujer estaba inmóvil, sin decir nada, sólo se limitó a dejar la copa todavía vacía sobre la mesa. Luego apoyó su mano sobre el hombro de Gustavo.

-Vamos al sillón –le dijo ella –Recién me mandó un mensaje que todavía tiene para un rato más –ahora la que mentía era ella.
-¡Buenísimo! –festejó Gustavo sonriente.

Una vez más frené mi impulso de tomar el teléfono y llamar para terminar con esta locura. Ambos se sentaron en el sillón, él se acercó y ella se fue echando hacia atrás a medida que Gustavo se le acercaba. Con el control de la cámara, cerré un poco el plano. Pude observar la mano de mi amigo acariciando la pierna de mi mujer y subiendo disimuladamente su camisón. Llegó hasta la cintura y pude ver la diminuta tanguita que llevaba puesta. Él también se dio cuenta de ello y se detuvo unos segundos a admirarla antes de continuar. María ya estaba recostada por completo sobre el sofá, él siguió levantando el camisón hasta dejar al descubierto sus pechos. Yo me acerqué un poco más al televisor y comencé a deleitarme viendo sus pezones enormes y rosados bien erguidos. Gustavo manoseó esos pechos que tanto deseaba y pellizcó los pezones mientras ella soltaba risitas nerviosas. Giré un instante para servirme otro trago de vino y cuando volví mi atención a la pantalla, él ya se había sacado los pantalones y estaba en calzoncillos sobre mi esposa. Su lengua jugaba y lamía las tetas de ella, viboreaba sobre sus enormes pezones mientras mi mujer se retorcía de placer. Él la aferraba de sus muñecas para impedirle que lo aparte de ella.

-¡Ay! No… Basta… Puede venir en cualquier momento –le decía con fingida preocupación –Me estoy excitando y no me gusta… Mirá si viene antes… -su voz se escuchaba entrecortada, mi esposa de verdad se estaba excitando.
-Dale, no seas boba… si te gusta –le reprochaba él –Olvidate del boludo de tu esposo, yo vine acá por vos –lo escuchaba decir eso y me daban ganas de salir y cagarlo a trompadas, pero me contenía, yo también me estaba excitando viéndolos. –Y si llega a entrar, mejor… Así me ve como te lleno de leche. Seguro que le va a gustar al cornudo ese. –dijo con atino.


Gustavo disfruta lamiendo y chupando los enormes pezones de mi mujer que lo observa con excitación
Ella soltó una suave risita fingiendo nervios y se dejó llevar. Él le mordisqueó y lamió las tetas, las chupaba realmente con muchas ganas. María observaba cómo la lengua de Gustavo le acariciaba y humedecía sus pezones grandes y rosados. Los labios de Gustavo fueron recorriendo el cuerpo de mi mujer hasta llegar al cuello de mi esposa quién tiró su cabeza hacia atrás para entregársele por completo, luego llegó hasta su oreja. Yo sabía que ese era un buen lugar para encenderla y excitarla. Ella se resistió un poco, pero la lengua de Gustavo le recorrió la oreja y María se estremeció de placer. Yo la observaba a través del televisor y distinguía nítidamente su excitación. Mi mujer se ofrecía a su amante con sus ojos entrecerrados y dispuesta a que él hiciera lo que quisiese con ella.

Hasta que sucedió lo que hasta ahora nunca había ocurrido y desconocía que me pudiese molestar. Ella logró zafarse de sus manos y lo corrió suavemente hacia atrás, él volvió a acercarse y la besó. Un beso profundo, largo y húmedo que ella recibió con sus labios abiertos. Podía ver sus lenguas cruzarse y pasearse entre sus bocas, ella estiró sus brazos y lo abrazó e hizo que aquel beso fuese más profundo. Un sudor frío me recorrió la espalda, mi respiración era pesada y mis manos temblaban. Ver ese beso me heló la piel y no podía evitar sentirme el cornudo más idiota del mundo. Le di otro largo sorbo a mi copa de vino para poder escapar de aquel suplicio y hundí mi cabeza entre mis manos. No quería ver. Los oía murmurar y reírse y eso me angustiaba aún más.

Él la besa profundamente, veo su lengua moverse dentro de la boca de mi esposa,  ella apenas se resiste

Su oreja es el punto débil y él lo sabe. Cuando su lengua llega hasta ahí ella estalla de excitación

Cuando levanté la vista, algunos minutos después (o quizás eran segundos, todo transcurría muy lentamente para mi), la situación había cambiado. Ahora era Gustavo el que estaba recostado boca arriba sobre el sillón, ya sin sus calzoncillos y ella estaba arrodillada a sus pies lamiendo y chupando su verga rígida. El cabello rubio de María estaba atado en una coleta y su cabeza se movía de arriba hacia abajo repetidas veces hundiendo aquel miembro en su boca una y otra vez. Podía ver cómo se le inflaban sus mejillas cada vez que esa pija le llenaba la boca. Su lengua jugaba con ella, lo lamía, lo besaba y disfrutaba de su hinchazón y dureza. Él la miraba extaciado y dejaba que mi mujer hiciera lo quisiera con su verga. María lo chupó y masturbó un largo rato sin soltar por un segundo la pija de Gustavo y su mirada iba de la verga hirviendo de él a sus ojos. En ningún momento intentó hacer un contacto visual conmigo ni alguna señal. Nada. Eso me incomodaba aún más.

María disfruta de esa verga hinchada y caliente. La empuja desde los huevos para devorársela por completo

Lo masturba, lo lame, lo chupa y besa. Ese miembro hinchado se derrite con su lengua

-Decime si no estaría bueno que llegara ahora y nos encontrara así, ¿no? –le dijo él con tono irónico. Ella siguió chupándole la pija sin atender a lo que le decía –No sé, hasta quizás le guste y se sume a nosotros… -continuó diciendo con sorna.
-No quisiera averiguarlo –le contestó ella -¿Te falta mucho? A mi no me gustaría que llegue justo ahora y nos encuentre así. –Mi esposa apuró sus caricias y chupó más enérgicamente la verga de nuestro amigo.

Mi mujer no puede soltar esa verga, sabe que lo está llevando al clímax y desea beber todo ese jugoso placer

Entonces vi cómo los músculos de Gustavo se tensaban, su respiración se aceleraba y su verga crecía un poco más entre los dedos de mi mujer. No faltaba mucho para que acabara. Decidí improvisar un final al encuentro. Cómo no me iba a bancar cenar con el pelotudo ese, salí del lavadero y me quedé esperando en la cocina. Asomándome muy discretamente los podía ver en el salón. Sentía mi pija muy dura presionando dentro del jean y sin darme cuenta comencé a sobármela. Verlos en vivo era otra cosa que por la televisión. El flaco la tenía agarrada e los pelos para poder verla chupar su verga. Desde mi posición la veía a mi esposa de espaldas y su cabeza subiendo y bajando sobe la entrepierna de Gustavo que la observaba con fascinación. Me volví a ocultar detrás de la pared y escuchaba sus voces pero estaba más atento a los sonidos de la garganta de María al tragarse toda esa pija entera.

-Si… si… seguí así… que ya… viene… -lo escuché murmurar a Gustavo con voz entrecortada.
-¿Sí? ¿Te gusta? –decía ella con voz muy sensual -¿Me vas a dar toda la lechita? Dámela rápido, mirá que ya va a llegar, ¿eh? -la escuché decir a mi esposa utilizando un lenguaje que jamás había usado conmigo. Oirla hablar de ese modo me encendió. Y a él también.

Cuando me asomé nuevamente la sorpresa fue grande al ver a Gustavo sosteniéndole la cabeza a mi mujer con ambas manos, él subía y bajaba sus caderas con fuerza para introducir todo su miembro en la boca de María que sólo podía quedarse quieta y abrir lo más grande posible su boca para recibir cada embestida del pibe. Para mi sorpresa, ella no intentaba frenarlo, por momentos se ahogaba y hacía arcadas de lo tan profundo que llegaba la pija hinchada de Gustavo en su garganta. El sofá se sacudía ruidosamente y la escena era muy sádica. Yo observaba el rostro con el ceño fruncido de Gustavo en un gesto como de enojo pero de extremo placer al estar cogiendo por la boca a mi esposa. Ella sólo atinaba a apoyarse en sus manos para no caerse. Y lo que me volvía más loco eran los sonidos... el sonido de las caderas de él golpeando en la cara de mi mujer, el sonido húmedo de su verga invadiendo por completo la boca de María llegando hasta el fondo de su garganta, y el sonido del sillón moviéndose y golpeando contra la pared.

Gustavo se incorporó un poco y se apoyó sobre sus codos. Tomó los cabellos de ella con violencia y presionó sobre su cabeza para que no saque su verga de la boca y poder llenarla de su jugo.

-¡Cómo te gusta, putita, eh!- le decía a mi mujer con gesto de felicidad -¡Acá tenés tu lechita, ahora tragala toda! -dijo un segundo antes de comenzar a acabar -¡Ah! ¡Aaahh! –él comenzó a dar unos gritos ahogados.

Ese era el momento indicado. Entré caminando despacio al living, ninguno de los dos me vió hasta que me detuve junto a ellos. Gustavo estalló en un orgasmo intenso que le llenó de leche la garganta a mi mujer. La escuchaba esforzándose por respirar por la nariz para no ahogarse, intentando tragar aquella primera descarga de jugo caliente.  Las manos de él seguían aferradas al cabello de ella para que no sacara su verga de la boca. El semen la rebalsaba, le chorreaba por las comisuras de los labios y colgaba de su barbilla. Era blanco, espeso, viscoso y abundante... muy abundante.

Yo la tomé del hombro a mi mujer y la corrí hacia atrás. Fue tal el imprevisto que Gustavo se sorprendió y se asustó, pero no podía controlar ni parar de eyacular. Su verga seguía escupiendo leche que salpicaba todo a su alcance, sobre todo la cara de mi esposa que recibió la mayoría de los chorros de esperma. María lo miraba, y podía distinguir una sonrisa cómplice detrás de aquel baño de semen que cubría su rostro.

-Ehhh… yo te… yo… te puedo explicar –balbuceaba él mientras buscaba sus calzoncillos que estaban tirados en el suelo.

Sin decir nada, sólo me limité a observarlo juntar su ropa y salir lo más rápido de mi casa. Cuando escuchamos la puerta del ascensor cerrarse, María me confesó que gozó mucho y que le faltó apenas unos segundos para llegar a un primer orgasmo sin que nadie la tocara.

-¿Cómo pudiste dejar que te tratara así? -le cuestioné.
- La verdad es que me gustó... Me gustó mucho, me hizo sentir bien puta y sabía que eso te iba a molestar -admitió con una sonrisa perversa pero excitante. -¿Te enojó verme así? -me preguntó mientras sus manos comenzaban a desabrocharme el pantalón para meterse dentro y encontrar mi pija dura -Porque a mi me encantó que me vieras así... -ella se arrodilló delante mío para comenzar a chuparme la verga sin dejar de mirarme. Sin sacarme los ojos de encima y con el rostro todavía cubierto de la leche de Gustavo, me chupó, lamió beso y masturbó mi verga un breve instante hasta que exploté en un orgasmo que ella se encargó de seguir desparramando en su cara mezclando mi leche con la del otro flaco. Cuando mi última gota de jugo terminó de salir de mi miembro para caer sobre la frente de ella, la observé con su rostro empapado de semen y entendí que ella sabía que yo reaccionaría así y dejó que todo pase.

María se levantó y besó mi mejilla. No pude evitar limpiarme porque algunas gotas de leche quedaron pegadas en mi y no sabía si eran mías o de el otro. Ella se río de mi gesto de repulsión.

-Te amo, calentón -me dijo mientras se metía en el baño.

Extrañas sensaciones para una experiencia intensa.

NOTA: FOTOS REALES Y PROPIAS

domingo, 17 de noviembre de 2013

El viaje

Un tiempo después de aquellos encuentros con Diego, el compañero de gimnasio de mi mujer, nos invitó a pasar un fin de semana en la costa en un departamento de sus padres. Salimos un viernes luego del trabajo, con el sol ocultándose en el horizonte, ya estábamos en plena ruta, como era un fin de semana normal (no había feriado ni nada) y mediaba el mes de octubre, había muy poco tránsito y se viajaba muy cómodo.

Nuestro amigo conducía, yo lo acompañaba a su lado y María iba en el asiento de atrás, escuchábamos música, compartíamos unos mates y planificábamos el fin de semana que aparentemente nos iba a recibir con algo de fresco y algunas nubes, pero eso poco nos importaba. La premisa del viaje que tanto había insistido Diego en que hiciéramos era poder seguir avanzando en éste juego en el que lo habíamos involucrado. Si bien yo ya lo tenía asimilado y había vivido esos encuentros previos leves, tenía sensaciones encontradas y estaba sumamente nervioso y  con muchísimas dudas acerca del momento en que viera a mi mujer en alguna situación mucho más arriesgada. Se me vino a la mente el recuerdo de cuando mi esposa le chupó la verga a Diego en nuestra casa. Esa imagen me devolvió todos los miedos y la angustia, pero a la vez me excitaba. Me costó mucho aceptar viajar ya que cada paso que dábamos, mayor y más fuertes eran esas sensaciones encontradas.

Durante el viaje, María y Diego iban planificando todo e imaginando cada detalles. Yo los escuchaba casi con asombro de las cosas que oía. La conversación los fue calentando a ambos que intentaban por todos los medios involucrarme en la charla para que participara más activamente de ella. De a poco me fui integrando con algunos comentarios y mis miedos y angustias quedaron relegados. La cosa se ponía caliente y tan sólo habíamos recorrido cien kilómetros de los cuatrocientos que nos separaban de nuestro destino. Todos estábamos deseosos de llegar para comenzar, pero más aún lo estaban ellos.

-¿Te animas a manejar?- me preguntó Diego de repente.
-Sí, por supuesto, ¿ya estas cansado?- le dije inocentemente.
-No... mas o menos. -respondió dubitativo -Pero si manejás un rato, puedo concentrarme mejor en todo lo que podemos hacer cuando lleguemos. -propuso entusiasmado.
-Está bien -le respondí y la miré a mi mujer que se sonreía en el asiento trasero.
-Vení atrás así hablamos mejor -le ofreció ella a Diego quien aceptó enseguida.

Paró el auto en la banquina y se pasó para atrás con María, yo me acomodé al volante, me abroché el cinturón y volvimos a la ruta. El sol ya se había ocultado y la claridad del día iba cediendo lugar a la noche. Sin pensarlo, manipulé el espejo retrovisor interno para verlos y ellos encendieron la tenue luz trasera. Hablaban animadamente pero, por momentos, perdía el hilo de la conversación por estar concentrado en la ruta manejando un vehículo ajeno. Cada tanto observaba en el espejo y se los veía a ambos muy entusiasmados. Demasiado para mi gusto, pero asumía que todos esos sentimientos de miedo no me permitían disfrutar a pleno como ellos y debía enfrentarlos para poder gozar a la par de mi esposa.

Yo estaba perdido en mis pensamientos y con la vista fija en la ruta. No había muchos autos circulando, pero de vez en cuando debía sobrepasar a algún vehículo. Tan concentrado estaba que no me percaté que las voces que provenían de la parte trasera del auto se habían acallado. Cuando levanté mi vista al espejo retrovisor un intenso escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
María estaba con su remera totalmente levantada y sus bellísimas tetas completamente desnudas. Nuestro amigo acariciaba los pechos de mi mujer y lamía entusiasmado los pezones rosados y enormes de María que lo miraba mientras le acariciaba la cabeza.

En un primer momento pensé en interrumpirlos y pedirles que por favor terminaran con eso. Pero entonces mi esposa cruzó su mirada con la mía a través del espejo, me sonrió muy sensual y me lanzó un beso a la distancia. Luego sentí su mano acariciándome la cabeza.

-No pudimos aguantar -dijo ella en voz muy baja.
-Me imagino -le respondí sin intentar disimular mi fastidio.
-No te enojes, amor -me suplicó ella -Esto es cómo un anticipo, nada más.

Diego no dijo una sola palabra. Él siguió chupándole las tetas a mi mujer totalmente ajeno a nuestra conversación. Volví mi vista a la ruta por un momento, luego vi cómo nuestro amigo se desabrochaba los pantalones para sacar su miembro erecto ante la feliz mirada de mi esposa.

-Quiero que me la chupes bien chupada -le ordenó Diego.
-Cómo vos quieras, tesoro -le contestó ella impostando una voz muy sensual.

Cuando miro por el espejo retrovisor ella estaba con sus tetas desnudas y acariciándole el bulto a Diego

Ella se acomodó de costado en el asiento, agachó despacio su cabeza y su boca se fue abriendo a su máxima capacidad para meterse la verga caliente de Diego entre sus labios. Comenzó a lamerlo y chuparlo despacio y suavemente, pero a los pocos segundos, su excitación hizo que aumentara la fuerza y la frecuencia de sus sobadas. Yo miraba por el espejo retrovisor y cada tanto giraba la cabeza para verlos en directo, también tenía mi pija hinchada de placer al verlos. Ella gemía de excitación al tener esa pija dura en su boca, y el muchacho exhalaba sexo con la cabeza echada atrás en el respaldo del asiento.

Un bocinazo me devolvió la vista a la ruta. Una camioneta estaba a la par nuestra, bajé mi ventanilla y desde el otro vehículo me saludaron dos hombres con el pulgar hacia arriba y señalándome la parte de atrás de nuestro auto. Fue en ese instante en que me di cuenta que Diego había bajado la ventanilla y que el último claro del día permitía ver perfectamente lo que sucedía en el asiento de atrás de nuestro coche. María sacó la pija de su boca y les lanzó un beso a los de la camioneta que festejaron con gritos y carcajadas, luego se alejaron haciendo sonar el claxon varias veces antes de desaparecer en el horizonte.

Yo no podía seguir manejando en esa situación. o les pedía que terminasen con eso o detenía la marcha para verlos con mayor atención. Estacioné a un costado de la ruta, la noche ya estab encima nuestro y les pedí que suban la ventanilla. No quería otra escena como la que habíamos pasado hacía unos minutos. Me acomodé en el asiento del conductor mirando hacia atrás.

Mi mujer tomó la verga dura de Diego con su mano y comenzó a pajearlo con fuerza mientras jugaba con su lengua en el glande ya morado por la hinchazón. Él comenzó a respirar con mayor frecuencia, ella lo masajeaba y lamía con esmero, muy atenta a cada movimiento y gesto de Diego que la aferraba fuerte de sus cabellos. Él estaba inquieto, tenso y esforzándose demasiado por contener el orgasmo.

-Mirá... mm.. mirá que voy  a... acabar... -lo escuché decir entrecortado en un hilo de voz. Luego le soltó los cabellos a mi mujer para que se pudiera levantar. Pero ella no lo hizo.

Mi esposa se devoraba la verga hinchada de Diego hasta hacerlo explotar dentro de su boca

Ante mi mirada de estupor ella continuó chupándole la pija a Diego. Sus labios se apretaron contra el glande y sus mejillas se metieron hacia adentro, como si estuviera succionando con fuerza. Nuestro compañero no pudo contener más el clímax y lanzó un grito ahogado. Sus músculos tensos y las venas hinchadas en su frente denotaban el enorme esfuerzo realizado y el inmenso placer que estaba atravesando su cuerpo en ese preciso instante. Nuestro amigo comenzó a liberar toda aquella tensión en la boca de mi mujer.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba viendo. María siempre me había dicho que no le gustaba que le acaben en la boca y muy pocas veces lo había hecho. Yo siempre fui respetuoso de ello y jamás se lo pedía. Ahora otro le estaba llenando la boca de leche y ella estaba dispuesta a recibirla. Es más, lo estaba disfrutando. Cuando esa primera descarga de la verga de Diego inundaba su boca, María me miró y sus ojos bien abiertos se clavaron en los míos. Imaginé como ese primer chorro furioso de leche caliente, salía de esa pija hinchada y se derramaba a través de la garganta de mi mujer que se esforzaba por tragar el espeso jugo. Sus labios apretados fuertemente contra la verga de Diego no pudieron impedir que algunas gotas se escurrieran entre ellos y comenzaran a caer entre los dedos de mi esposa que seguía masajeando ese miembro para sacarle todo el líquido de su interior. Él seguía jadeando y temblando mientras su pija continuaba escupiendo leche en la boca de mi mujer que me miraba con sus ojos bien abiertos. Ella estaba muy excitada y estaba disfrutando de esa verga, de esa leche quemándole el paladar, de los gemidos de Diego y, sobre todo, disfrutando de mi estupor y de mi cara de asombro.

Finalmente nuestro amigo se fue relajando, ella continuó unos segundo mas chupando y limpiando el miembro del muchacho mientras, él me miraba también sorprendido por lo que había sucedido y esperando alguna reacción mía.

 -Yo le avisé -me dijo Diego intentando defenderse.
-Está todo bien -le contesté tratando de controlar todas mis emociones. Las malas y las buenas, ya que había descubierto que mi verga me dolía de lo que me apretaba dentro del pantalón. De verdad estaba muy excitado.
-Pensaba que no te gustaba tragar leche -le dijo a María con desconcierto.
-Yo también -acoté mientras me daba vuelta para poner el auto en marcha.
-Es cierto -comenzó a decir María mientras se limpiaba los últimos restos de leche de sus labios con su remera -Antes me parecía algo desagradable. Pero ahora, en éste momento de mi vida, con todo lo nuevo que estamos descubriendo, estoy dispuesta a recapacitar ciertas cosas. Y, la verdad, es que me gustó. Me gustó mucho. -concluyó.

Estuvimos en silencio unos minutos hasta que mi esposa se incorporó de su asiento y se asomó sobre mi hombro.

-¿Cómo te sentís, amor? -me susurró.
-Desconcertado -respondí.
-Cuando Diego estaba acabando y yo te miraba a los ojos podía ver... -hizo un breve silencio - Más allá de tu cara de sorpresa, podía ver mucha excitación. ¿Es verdad?
-Si -contesté sin dudarlo -Pero la sorpresa fue muy grande.
-Pero lo superaste -me dijo sonriendo -De hecho seguimos viaje hacia la costa, ¿no? -afirmo y ambos nos reímos en silencio. Y luego me besó en la mejilla.
-¿Te puedo decir algo? -se lo escuchó decir a Diego desde el asiento de atrás. Lo miré por el espejo. -Tenés la esposa más hermosa y copada del mundo, flaco. Sos muy afortunado.
-Y además la chupa como los dioses -intenté bromear para distender el ambiente y ambos se echaron a reir.
-Sí, es impresionante como la chupa -exclamó Diego.

Entonces María asomó un poco más su cuerpo entre los asientos y sentí su mano acariciándome la verga y desabrochando mi pantalón. Con su mano aún tibia sacó mi miembro y comenzó a pajearme.

-Cuando sentía toda esa leche calentita en la garganta y te miraba, pensaba en lo envidioso que estarías de Diego. -me iba diciendo sensual al oído mientras seguía masajeándome la verga -No sabés la cantidad y lo espesa que fue esa acabada. No te das ni idea de lo difícil que fue tragar todo eso. Con el primer chorro pensé que me ahogaba, te juro. -la escuchaba contar con entusiasmo y sensualidad su experiencia y la excitación me iba subiendo a pasos agigantados. -En un momento te quería hablar, te quería decir que estaba todo bien, que te quedes tranquilo... pero si abría la boca iba a volcar todo. Así que preferí callarme y tragar. El sabor era distinto... bah... a lo que me acuerdo... éste era mas rico, menos agrio -mientras hablaba podía sentir el leve aroma a semen que provenía de su boca -Pero lo que mas me gustó de todo fue verte así cómo te vi... sin reacción, sumiso, paralizado y excitado. Me hizo sentir la más mala de todas las malas... y la más puta. -terminó de decir eso y estallé. Mi verga explotó con una descarga interminable que derramé en mis pantalones, en mi remera y en la mano de María que no dejaba de pajearme. Escuchaba las carcajadas de Diego de fondo.

María se asomó desde el asiento trasero y me masturbó mientras conducía. Yo estaba totalmente excitado.

-Che, no me manchen el auto que está recién lavado -decía entre risas nuestro compañero, mientras yo intentaba recuperar el aliento.
-Estabas más caliente de lo que pensaba -me dijo mi mujer con cierta sorpresa.

El vehículo zigzagueó y otro coche nos hizo una señal de luces a nuestras espaldas. Debía volver a concentrarme nuevamente en la ruta o nos mataríamos. Cuando recuperé el control del auto, pude ver el desparramo de leche que había en mis pantalones, el asiento e incluso el volante. María juntó algunos pañuelos de papel y se limpió las manos, luego comenzó a limpiar mis pantalones. A los pocos kilómetros nos detuvimos en una estación de servicio y terminamos de arreglar aquel enchastre.

Diego volvió a conducir su coche, yo me acomodé en el asiento del acompañante y mi esposa volvió a quedar sola en la parte de atrás del auto. El resto del viaje transcurrió entre música y conversaciones de cualquier tipo menos de sexo. En un momento yo dormité un poco y en mi sueño se repetía una y otra vez, como un disco rayado, la imagen de María con la verga de Diego en su boca llenándola de leche. En aquel sueño ambos me miraban y sonreían mientras él acababa con fuerza dentro de ella y mi esposa apretaba los labios contra su miembro rígido para no dejar escapar ni una sola gota.

-¡Cómo te gusta ver así a la puta de tu mujer! -decía nuestro compañero una y otra vez -¡Cómo te gusta, cornudo!

Al llegar a nuestro destino ya había asimilado todo lo sucedido en nuestro viaje, desempacamos las cosas del auto y antes de meternos en la casa Diego nos recordó que debíamos dejar algún registro de lo que había pasado en la ruta.

-Uds. siempre sacan fotos o filman en video -nos recordó -¿Porqué no te sacás una foto en el auto? -le preguntó a mi mujer quien aceptó y posó para la lente de mi celular.

Foto real y propia. María posa para mi celular al llegar a destino
 
Luego entramos en la casa para descansar. Sería un fin de semana largo e intenso.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Con otra pija en la boca

Cuando Diego cruzó la puerta de nuestro departamento yo intentaba convencerme que no debería haber vuelta atrás. Ya había fracasado en el intento de ir un poco más allá de nuestros juegos sexuales soft. Armábamos todo, conseguíamos a nuestro compañero, pero a último momento las dudas me dominaban y finalmente me arrepentía. Si bien pensar en esas situaciones me excitaba sobre manera, ya había experimentado esa tortuosa sensación que me invadía al momento de ver a mi mujer en brazos de otros hombres. Por eso nuestros encuentros, hasta el momento, no habían pasado más allá de alguna caricia o masaje. Y lo más osado que habíamos logrado fue aquel encuentro con mi primo que se hizo una paja en las tetas de mi mujer.

Yo sabía que ella estaba dispuesta y ansiosa de poder avanzar un poco más en aquellas experiencias. Yo también tenía ganas pero no me animaba a dar ese paso. Hasta aquel día.
Fue cómo solíamos hacer: cena, vino, charlas de sexo para ir calentando. Le contamos a Pablo algunos de nuestros encuentros. María era siempre la que llevaba la conversación y la que más animaba el ambiente. Diego era un casi desconocido para mí, mi esposa lo había visto un par de veces en el gimnasio pero tampoco eran muy amigos. Fuimos frontales y directos al proponerle el encuentro.

-¿De verdad no te jode que manoseen a tu mujer? –me preguntó sumamente intrigado –A mi me sería imposible.
-No es fácil –intenté disimular mis nervios y dudas –Pero la excitación del momento tapa todo. –expliqué. –El verdadero problema se presenta después que todo acabó…

-Pero después siempre tenemos sexo genial –me interrumpió rápidamente María para comenzar a convencerme de lo que haríamos. –Igualmente todavía no fuimos más allá de alguna caricia.
Diego nos miraba con cierta incredulidad. Seguramente estaba pensando que todo se trataba de una broma o chiste y quiso sacarse esa duda.

-¿O sea que yo podría acariciarla a ella y vos no te enojás? –me preguntó mientras se levantaba para acercarse a la silla de mi mujer y la invitaba a levantarse.
-No –respondí intentando controlar el temblor de mi voz.

Él la tomó de la mano y la hizo girar como si fuese un paso de baile. María estaba vestida con una musculosa y una pollerita de jean bien ajustada que resaltaba su bellísimo culo. Nuestro amigo la estudió de arriba abajo.
-¡Es un minón! –dijo sin dejar de mirarla –Desde que la vi en el gimnasio me encantó. ¡Mirá esas tetas! ¡Ese culo! –exclamó con verdadera admiración. -¿Puedo? –preguntó tímidamente.

-Por supuesto –respondió mi esposa presurosa y lanzándome una mirada para que me mantuviera callado.
Diego paseó su mano por la cintura de María para luego acariciar sus cadera y terminar manoseando y apretujando el trasero de mi mujer que se mantuvo inmóvil. Con su otra mano, Diego acarició las tetas de ella, las apretó suavemente para verificar la dureza y la firmeza de aquellos deliciosos pechos.

Yo me acomodé en la silla, sentía como aquella incómoda sensación volvía a presentarse en mi cuerpo.
-Perdoname que insista, che –me dijo –Pero tiene un culo y unas tetas impresionantes. Yo no lo puedo creer. –afirmó sonriendo.

María se acercó a él y le susurró algo al oído que no pude distinguir. Yo me incorporé en mi silla pero ella nuevamente me miró para que me quedara tranquilo donde estaba y no interfiriera.
Entonces Diego comenzó a levantar despacio la pollerita de mi esposa para dejar a la vista su culo carnoso y firme, vestido sólo con una diminuta tanguita que se perdía en su raya y era casi invisible. Sin dejar de mirarme, nuestro compañero recorrió con la palma de su mano cada centímetro del trasero de María. Sus dedos se perdieron dentro de la raya del culo llegando casi hasta su concha. Luego pasó su otra mano por debajo de la remera de ella hasta llegar a su espalda. Desabrochó el corpiño de mi esposa y ella lo quitó delicadamente por un costado de la musculosa. Luego observé como los dedos de Diego se movían debajo de la remera para encontrarse con las tetas de María y acariciarlas, apretarlas y pellizcarle los pezones que yo imaginaba duros y erectos. Mi esposa cerró los ojos y se entregó por completo a las caricias. Y yo sentía que mi verga comenzaba a crecer debajo de mi pantalón.

Estuvimos así algunos minutos, que para mi fueron interminables. María abrió sus ojos y con un leve movimiento de sus manos apartó a Diego de ella.
-¿Porque no vamos al sillón? –propuso ella.

-Me parece bárbaro –contestó Diego mientras la soltaba. Pude ver la enorme hinchazón de su pija en el pantalón cuando se apartó de ella.
-¿Vos podrías ir a buscar la cámara, no? –me dijo María. Pero eso era más una orden que una pregunta.

Fui hasta la habitación y busqué la vieja cámara filmadora y volví al salón para encontrarme a Diego sentado en el sillón ya sin sus pantalones ni su calzoncillo puesto. Su pija ya se había desinflado un poco. Mi esposa se estaba haciendo una coleta en el pelo cuando entré.
-¿Tiene casete? –preguntó mientras acomodaba su cabello.

-Si –respondí ya sin poder ocultar mis nervios. Y ambos se dieron cuenta de ello.
María se me acercó, me besó suavemente en los labios y me acompañó hasta el sillón. Me acomodó al lado de Diego. Me acarició la cara y me lanzó otro beso a la distancia.

-Quedate tranquilo, campeón –me dijo Diego dándome una palmada en la espalda –Vos tenés la batuta de todo. Vos mandás. –concluyó sonriente intentando convencerme de que todo estaría bien.
Yo no podía hablar, así que sólo me limité a devolverle la sonrisa y asentar con mi cabeza.

María se arrodilló a los pies de nuestro compañero que abrió sus piernas para que ella se acercara lo más que pudiera a su verga. Ella se humedeció los labios con su lengua y Diego la observaba con una mueca de felicidad infinita en su rostro y con una mano en mi hombro, me abrazó y me acercó un poco más a él para que pudiera ver eso más de cerca.
Encendí la cámara en el preciso momento en que mi mujer estiraba su mano para acariciar la verga del flaco. Comenzó a masajearlo, a recorrer cada poro de la piel de ese miembro que empezaba a inflarse entre los dedos de María. Ella corrió el prepucio y descubrió el glande morado que iba creciendo con cada caricia. Casi de inmediato adquirió un volumen importante. Yo intentaba controlarme, hasta ahora no era nada nuevo y los nervios y la ansiedad estaban bajo mi dominio. Entonces mi esposa bajó su cabeza despacio. Mientras se acercaba a esa pija inflada veía como sus labios se abrían para poder devorar la carne de Diego. Su verga fue entrando en cámara lenta en la diminuta boca de mi mujer. Un frío intenso recorrió mi espalda. La angustia se me presentó con toda su fuerza y el miedo me heló la sangre.



Ver a mi esposa chupando otra pija con tantas ganas y dedicación era una experiencia totalmente nueva. Su lengua recorría cada sector de esa verga y lo lamía con admirable placer y devoción, mientras lo masturbaba con su mano. Diego la miraba sonriente mientras me abrazaba con más fuerza para que no me aparte de él. Yo casi que no podía controlar la cámara. Estaba temblando.
-Mmmm… está deliciosa –dijo ella mirándolo a Diego a los ojos –Es tan grande que no me entra en la boca…

Ella metía y sacaba la verga de su boca, la miraba y luego me miraba muy sensual y a la vez amenazante. Intimidándome para que no hiciera nada. Luego volvía a lamer ese miembro con ganas y disfrutando de el sabor de otra pija en sus labios.


-¡Qué bien la chupás, por Dios! –exclamó él –Seguí así que voy a acabar enseguida.

Yo quise terminar todo. Intenté apartarme pero él me apretó más fuerte y no me dejó ir. María me miró amenazante sin sacar ese miembro duro de su boca. Por unos momentos ella siguió chupándole la pija a Diego con sus ojos clavados en mí, hasta que comencé a sentir que los músculos de Diego se tensaban. Estaba con sus ojos cerrados y su cabeza volcada hacia atrás, intentando contener el orgasmo que estaba en camino. La miré a María que también se había dado cuenta de la proximidad del final y aumentó su mamada con movimientos más enérgicos de su cabeza que subía y bajaba velozmente entre las piernas de nuestro amigo.

 
Entonces la mano de Diego se cerró con fuerza en mi hombro, los tendones en el cuello de él se tensaron conteniendo el grito de placer. Mi mujer sacó la pija de su boca en el preciso momento en que comenzaba a descargar todo el jugo. El primer disparo le dio de lleno en la barbilla de ella y aquella imagen de mi esposa con una gota de leche colgando en su mentón me voló la cabeza, me disipó cualquier angustia y me endureció mi verga como nunca. Luego Diego continuó acabando sobre su propio vientre y sobre el sillón en descargas abundantes espesas e incontrolables. María lo seguía pajeando como si lo ordeñara para sacar todo el jugo posible de su interior. María disfrutaba de ese momento con una sonrisa gigante en su boca. Lo masturbó hasta que la última gota de leche se derramó en su mano que quedó totalmente cubierta del viscoso jugo de Diego.
Diego finalmente me soltó y allí me di cuenta que la filmadora se me había caído. La levanté y la apagué, luego los observé a ambos que se sonreían.

-Jamás había acabado tan fuerte – le confesaba él a mi esposa –Realmente fue espectacular.

-¡Je! Sí, fue muy intenso todo. –contestó ella con cierta vergüenza que le sonrojaba las mejillas – por poco me trago toda la leche –continuó diciéndome mirándome con cierto dejo de arrepentimiento.
-¿Y vos? –me preguntó Diego -¿Cómo la pasaste?

-Fue extraño –comencé a decir tratando de buscar las palabras correctas –Primero como que los quería cagar a trompadas a los dos… Pero después, cuando comenzaste a acabar… Ver a ella así me excitó muchísimo. Creo que estuvo bueno. No sé, mañana te cuento –concluí y los tres estallamos en carcajadas.
Necesitábamos descargar la tensión y aquella risa era la mejor manera.

Comic Cornudo

Bien podría ser mi historia.
Encontré éste comic y realicé una adaptación a mi gusto y experiencia que espero disfruten.
 

 




La visita de mi primo

Una vez que dimos aquel primer paso y luego de varias charlas con mi esposa sobre las sensaciones vividas con aquella experiencia, nuestra vida sexual ya dejó de ser la misma.

Por un tiempo volvimos a la misma rutinaria vida que llevábamos hasta entonces. Pero cada vez con más frecuencia salía el tema de volver a experimentar algo similar a aquello.
En un primer momento pensamos en recurrir a Santiago nuevamente, pero fue ella la que me motivó para que buscásemos alguna alternativa a él para evitar que esto se volviera “cosa de tres”, cuando era algo nuestro sólo.

Entonces el destino nos envió a Javier. Un primo segundo mío con el que nunca tuvimos demasiado contacto porque vivía en interior del país, pero tuvo que venir un par de días  la Capital y lo alojamos en casa. El primer día fue para tantearlo y ver cómo venía la mano con él, una vez que se ganó nuestra confianza le propusimos que participe de “nuestro juego” y aceptó encantado. María también estaba encantada.
Calentamos el ambiente hablando de sexo y mirando algunos videos y fotos por internet. Cuando la cosa ya estaba bien hot, María lanzó la propuesta a modo de desafío de masturbarnos de a uno delante de los otros. Nos miramos con Javier y aceptamos gustosos pero con la condición de que fuese ella la que comenzara con el reto.

María se acomodó sobre el diván de la sala de estar, donde solía dormir Javier, se sacó los jeans dejando ante nuestros ojos el delicioso espectáculo de su diminuta bombachita rosa. Yo no podía sacarle los ojos de encima a mi primo que la miraba atónito y con una enorme sonrisa en su rostro. Mi mujer lo miraba sólo a él de manera muy sensual.
Ella se recostó sobre la almohada, con una mano estiró un poco el elástico de la bombacha para permitirle a su otra mano entrar debajo de la suave tela. Javier no pestañaba y la erección que tenía debajo de su pantalón era muy notoria. Mi esposa también lo notó y no dejaba de mirarle el bulto a mi primo que al darse cuenta, se acomodó rápidamente para que su verga se notara más.


Veíamos como los dedos de María se movían dentro de la bombacha. Imaginábamos la humedad dentro de su conchita y sus dedos girando vertiginosos en ese interior cálido y viscoso. Ella ya estaba totalmente compenetrada en sus masajes y con sus ojos cerrados y la cabeza levemente tirada hacia atrás. Comenzó a aumentar la fuerza de sus masajes y, por la tensión en sus músculos y lo vertiginoso de sus movimientos, sabíamos que se estaba introduciendo tres o cuatro dedos en su raja. María jadeaba, gemía y sonreía mientras nosotros nos sobábamos la pija observándola con atención.

Cuando la humedad ganó la débil tela de la bombacha de mi mujer, sus movimientos se volvieron aún más frenéticos y en medio de lo que parecían convulsiones ella estalló en un orgasmo intenso que descargó con fuertes gritos de placer.
Al verla acabar así, no pude evitar desabrocharme la cremallera del jean y sacar mi miembro que estaba muy hinchado. Mi mano se aferró de él y comencé a sacudirlo con fuerza sin siquiera ponerme de pie. Mi primo me miraba sonriente por el espectáculo que estaba dando. María se sentó en el diván a observarme cómo me masturbaba. La verdad es que no tardé demasiado, ver a mi esposa en aquella sensual situación frente a nosotros me había dejado muy caliente y en cuestión de minutos el orgasmo me invadió de manera muy intensa. Yo sacudía mi verga sin poder controlar los abundantes chorros de leche que salpicaba todo a mi alrededor. Javier se corrió un poco hacia atrás por temor a que lo salpicara a él también. Con mi mano cubierta en mi propia leche, levanté la vista hacia nuestro invitado indicándole que ahora era su turno.

María y yo nos quedamos mirándolo. Él nos observaba y comenzó a desabrocharse el pantalón para dejar ante nuestros ojos su verga hincada y enorme. Los ojos de mi esposa se abrieron al ver aquel miembro.
Javier comenzó a meneárselo mientras la miraba a mi mujer. Ella advirtió que él estaba buscando excitarse más y, sin levantarse del diván comenzó a separar sus piernas para mostrarle a mi primo su bombachita mojada. Él se acercó un poco a ella, mientras yo los observaba con atención y excitación. Todo transcurría muy lentamente.

-Dame un poquito más –le dijo Javier a mi esposa con voz tímida.
-¿Qué más te puedo ofrecer? –le preguntó ella un tanto inquieta y mirándome de reojo.

-Sacate la remera… -respondió Javier muy atento a mi reacción.
María buscó mi aprobación con la mirada y yo le afirmé con la cabeza muy disimuladamente. Ella se sacó la remera y el corpiño, dejando ante los ojos de mi primo sus bellísimas y grandes tetas. Él la observó un rato y aumentó la velocidad de su puño. Luego se le acercó un poco más y estiró su brazo para que su mano se posara suave sobre uno de los pechos de mi mujer. Ambos me miraron al mismo tiempo y no pude evitar sentirme un estúpido permitiéndoles hacer aquello. Pero tampoco podía resistirme a verlos y dejarles hacerlo. Así que me mantuve en silencio y totalmente quieto.

-¡Qué buenas tetas que tenés! –le dijo Javier a mi esposa mientas apretaba y acariciaba uno de sus pechos.
-¿Te gustan? –le contestó impostando una voz muy sensual. Y sin dejar de mirarme, continuó –Hoy tu primito te las va a prestar para que hagas lo que quieras. –y sonrió con sarcasmo.

Ella sabía lo que pasaba en mi cabeza. Nuevamente todas esas sensaciones juntas de miedo, placer, angustia y excitación. Ella jugaba con eso y le excitaba verme así: helado, sin reacción, nervioso y excitado.
María se bajó de la cama y se recostó en el piso. Javier se montó sobre su vientre con las rodillas apoyadas a cada lado de las caderas de mi esposa y comenzó a pajearse con más violencia. Ella le acariciaba las piernas mientras observaba como mi primo se sacudía la verga delante de ella, bien cerca. Su pija era de gran tamaño y se la notaba muy dura. Mi primo no paraba de masturbarse y de acariciar las tetas de mi mujer y de pellizcarle los pezones para que ella de unos pequeños suspiros de excitación.
Yo los miraba en aquella posición y mi cabeza era un torbellino de dudas y placer. No quería ver aquello, quería que parasen de hacerlo, pero no podía decir nada ni tampoco detenerlos.

Entonces Javier se incorporó un poco, acercó su verga casi rozando las tetas de mi esposa y comenzó a descargar todo su placer en ellas. El primer chorro de leche llegó hasta el cuello de María quien reaccionó con una risita nerviosa mientras seguía acariciando las piernas y la mano con la que sostenía su miembro mi primo. Un manantial de placer emergió de la punta de la pija de Javier que comenzó a derramar sobre las tetas de mi mujer. Gruesas gotas de leche le cubrieron los pezones y recorrieron los pechos de María para unirse y formar un charco de semen en su escote. Mi primo jadeaba fuertemente y a ella se la notaba muy excitada por la situación.

Cuando todo concluyó, mi primo se levantó y la observó a María por unos segundos. Ella continuaba acostada en el suelo y con sus dedos jugueteaba con la leche desparramada por Javier en su pecho.
-Se te ve hermosa así –bromeó él -¿No es cierto, primo? –me preguntó y no pude contestar. -¿Porqué no nos sacás una foto?
 
Volvió a sentarse sobre ella y apoyó su pija entre las tetas de mi mujer. Yo, sin pensarlo siquiera, sintiéndome humillado, burlado y menospreciado por ambos, tomé la cámara y retraté aquella imagen que jamás podría borrar de mi memoria.


-¿Les gustó? –nos preguntó Javier.
-Fue sumamente excitante- se apuró en responder mi esposa mientras comenzaba a levantarse con cuidado para no derramar toda la leche acumulada en su pecho en el piso.

-¿Y vos? –me preguntó mi primo con sincera intriga -¿Qué sentiste?
-Confusión. –respondí también con sinceridad –Estuvo muy “hot”, es cierto. Pero tampoco pude evitar sentirme un cornudo.

-Es que SOS un cornudo –respondió sonriendo Javier. –Pero tenés que asimilar que te gusta ser cornudo. Y cuando aprendas eso vas a ver cómo lo vas a disfrutar.
Sus palabras me quedaron rebotando en la cabeza por mucho tiempo.